Guitarras Ry Cooder con el contrabajo de pulso arrabalero, con la guitarra española como el canto del pasado que se afana en ser olvidado, así se abre el LP, con Creer que se puede creer. Las livianas percusiones de Un brindis al sol vuelve, en su temática, a ser un conflicto entre el recuerdo y el futuro, la negación de la medida del tiempo, más allá del parpadeo. Es la obra de Bunbury un reguero de estilos, que, de vez en cuando nos ofrece un tema como este, devolviendo al mayor Tom, jubilado en su desierto cósmico, Nuevo México, irreconocible, como en la letra. Del pop al guajiro de La voz, el libro de estilo con los bongos y el requinto, la sección rítmica sugerente, besos de Eydie Gorme, un canto para el dolor y la pólvora. Un disco, repito, sobre el tiempo, puedes moverte a través de las décadas o dejar que las décadas te atraviesen. La próxima vez no habrá próxima vez funciona en los entornos de la mística de Andrés Calamaro, carnavalesco y ligeramente panzudo, cantor y cantante, con una carta para Vicentico en el buzón.. Es clave entender De un siglo anterior como lo hacía Fito Páez en su habitación en La Habana, sin dejarse llevar del todo por el Pacífico, el ron y la caída de Batista. Una caja de ritmos y un bajo prestado mientras anochece en Cambrils. El siglo anterior, claro. Me pide el cuerpo cumbia mientras le doy la vuelta al plástico. Y llega, Peor Que Como Estamos – Es Difícil Ya Que Estamos, con guitarras que me recuerda a los tiempos de El Twangero, sí, claro, feriado me dirás, recuerda, por un momento, aquella canción, Les Loups Sont Entrés Dans Paris de Serge Reggiani, pero pasando por las tres Marías que brillan en el cielo. El final, los cantos, los coros, la plegaria, es un momento magnífico en el disco. Una letra, la de En el arcén, donde aparece el exquisito periodista Juanjo Ordás, arroz blanco en el frigorífico, la manera, el fraseo castizo de Antonio Bartrina, el maño del tango, Enrique Bunbury, que hizo buena aquella frase: «¿nos vamos pal centro?». Trenes y rencor. Lili Marlene. Una versión, Zamba para olvidar de Daniel Toros. Cada uno tiene su interpretación favorita, yo recuerdo a Pedro Aznar, bajista de Serú Girán, haciéndola en Buenos Aires, con Abel Pintos, justo después de Barro, tal vez del maestro Spinetta. Al final, todo palabras mayores: «Mis manos ya son de barro de tanto apretar el dolor». Mirando a los ojos del final, La cima, que aún con el contrabajo y el cajón, tiene un toque de electricidad que te deja un gustoso sabor en el paladar, como de café y whisky, con hielo, con el hammond de Rebenaque entre los aullidos a la luna. Una de mis favoritas del disco, la verdad. Y el final, con Un par de acordes, una mentira y la redención, entre la ranchera y el polvo de Mojave, a punto de resucitar a los amigos de Dean Martinez, es el final, es el lugar en el que todos nos gustaría estar, con un acordeón y una disculpa.
Guitarras Ry Cooder con el contrabajo de pulso arrabalero, con la guitarra española como el canto del pasado que se afana en ser olvidado, así se abre el LP, con Creer que se puede creer. Las livianas percusiones de Un brindis al sol vuelve, en su temática, a ser un conflicto entre el recuerdo y el futuro, la negación de la medida del tiempo, más allá del parpadeo. Es la obra de Bunbury un reguero de estilos, que, de vez en cuando nos ofrece un tema como este, devolviendo al mayor Tom, jubilado en su desierto cósmico, Nuevo México, irreconocible, como en la letra. Del pop al guajiro de La voz, el libro de estilo con los bongos y el requinto, la sección rítmica sugerente, besos de Eydie Gorme, un canto para el dolor y la pólvora. Un disco, repito, sobre el tiempo, puedes moverte a través de las décadas o dejar que las décadas te atraviesen. La próxima vez no habrá próxima vez funciona en los entornos de la mística de Andrés Calamaro, carnavalesco y ligeramente panzudo, cantor y cantante, con una carta para Vicentico en el buzón.. DiscoWarner Music. Es clave entender De un siglo anterior como lo hacía Fito Páez en su habitación en La Habana, sin dejarse llevar del todo por el Pacífico, el ron y la caída de Batista. Una caja de ritmos y un bajo prestado mientras anochece en Cambrils. El siglo anterior, claro. Me pide el cuerpo cumbia mientras le doy la vuelta al plástico. Y llega, Peor Que Como Estamos – Es Difícil Ya Que Estamos, con guitarras que me recuerda a los tiempos de El Twangero, sí, claro, feriado me dirás, recuerda, por un momento, aquella canción, Les Loups Sont Entrés Dans Paris de Serge Reggiani, pero pasando por las tres Marías que brillan en el cielo. El final, los cantos, los coros, la plegaria, es un momento magnífico en el disco. Una letra, la de En el arcén, donde aparece el exquisito periodista Juanjo Ordás, arroz blanco en el frigorífico, la manera, el fraseo castizo de Antonio Bartrina, el maño del tango, Enrique Bunbury, que hizo buena aquella frase: «¿nos vamos pal centro?». Trenes y rencor. Lili Marlene. Una versión, Zamba para olvidar de Daniel Toros. Cada uno tiene su interpretación favorita, yo recuerdo a Pedro Aznar, bajista de Serú Girán, haciéndola en Buenos Aires, con Abel Pintos, justo después de Barro, tal vez del maestro Spinetta. Al final, todo palabras mayores: «Mis manos ya son de barro de tanto apretar el dolor». Mirando a los ojos del final, La cima, que aún con el contrabajo y el cajón, tiene un toque de electricidad que te deja un gustoso sabor en el paladar, como de café y whisky, con hielo, con el hammond de Rebenaque entre los aullidos a la luna. Una de mis favoritas del disco, la verdad. Y el final, con Un par de acordes, una mentira y la redención, entre la ranchera y el polvo de Mojave, a punto de resucitar a los amigos de Dean Martinez, es el final, es el lugar en el que todos nos gustaría estar, con un acordeón y una disculpa.
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