El agujero de la capa de ozono sobre la Antártida ha vuelto a crecer antes de lo habitual este año y se mantiene por encima de la media para estas fechas. El Servicio de Vigilancia Atmosférica de Copernicus (CAMS, por sus siglas en inglés) ha constatado que su superficie alcanzó los 25 millones de kilómetros cuadrados el 12 de septiembre, unos cinco millones de km² más que el promedio calculado a partir de la serie histórica iniciada en 1979.. Los datos, difundidos con motivo del Día Internacional de las Naciones Unidas para la Preservación de la Capa de Ozono, que se celebra este miércoles, muestran que el fenómeno comenzó a desarrollarse a un ritmo normal desde la segunda quincena de agosto, en línea con lo observado durante los últimos 46 años. Sin embargo, su crecimiento empezó a acelerarse después.. A finales del mes pasado, el agujero ya había llegado a los 15 millones de kilómetros cuadrados, una superficie superior a la de la propia Antártida. Ese umbral se alcanzó ligeramente antes de lo habitual y con una evolución similar a la registrada en 2025, cuando llegó a esa misma extensión el 30 de agosto.. La principal diferencia se produjo durante la primera mitad de septiembre. En apenas unos días, la superficie del agujero aumentó de forma considerable hasta alcanzar los 25 millones de kilómetros cuadrados el día 12 y, según las previsiones de Copernicus, todavía podría seguir creciendo el resto del mes.. Pero, ¿qué significa exactamente que crezca el agujero de ozono? Pese a su nombre, no se trata de un agujero literal en la atmósfera ni de una zona en la que desaparezca por completo el ozono. El término se utiliza para describir una extensa región sobre la Antártida en la que la cantidad de este gas en la estratosfera desciende hasta niveles bajos.. Su tamaño no es el único factor que permite conocer su gravedad: Copernicus señala que, pese a la gran superficie alcanzada este año, otros indicadores utilizados para medir la intensidad del fenómeno se mantienen por ahora cerca de sus valores habituales. Es el caso tanto de la cantidad mínima de ozono detectada dentro del área afectada como del volumen total de ozono perdido.. Por qué está creciendo tan rápido este año. El rápido desarrollo registrado en las últimas semanas coincidió con un fuerte descenso de las temperaturas en la estratosfera, a unos 20 kilómetros de altura sobre el Polo Sur. El frío es precisamente uno de los ingredientes que favorecen la destrucción del ozono.. Cuando las temperaturas descienden lo suficiente, se forman unas nubes en las capas altas de la atmósfera, conocidas como nubes estratosféricas polares. Sobre sus partículas se producen reacciones químicas que preparan determinados compuestos de cloro y bromo para destruir el ozono cuando vuelve la luz solar.. Por eso el agujero aparece de forma estacional. Durante el invierno antártico, el Polo Sur permanece durante meses casi sin luz. Con la llegada de la primavera austral, entre agosto y noviembre, regresa la radiación solar y se ponen en marcha esas reacciones químicas, provocando una rápida pérdida de ozono.. «La evolución del agujero de ozono antártico puede variar considerablemente de un año a otro, en función de diversos factores atmosféricos y químicos», explica Laurence Rouil, directora del CAMS. Rouil ha señalado que, aunque este año se ha registrado «un rápido aumento de su superficie a principios de septiembre», otros indicadores siguen próximos a las medias históricas. A su juicio, los datos evidencian la necesidad de vigilar tanto las alteraciones provocadas por la actividad humana como los factores naturales que influyen sobre la capa de ozono.. Una capa que protege frente a la radiación ultravioleta. La capa de ozono actúa como un escudo frente a buena parte de la radiación ultravioleta nociva procedente del Sol, relacionada, entre otros efectos, con un mayor riesgo de cáncer de piel. Durante casi medio siglo, las emisiones generadas por la actividad humana han contribuido al adelgazamiento de esta capa protectora.. A ello se suma el efecto del calentamiento global sobre las distintas zonas de la atmósfera: aunque la temperatura aumenta cerca de la superficie terrestre, las capas superiores de la atmósfera pueden enfriarse. Ese descenso térmico en la estratosfera favorece la formación de nubes polares y, con ellas, los procesos químicos que destruyen el ozono.. Las observaciones terrestres y por satélite permiten seguir la evolución del agujero de ozono antártico desde finales de la década de 1970. El récord de extensión se registró el 9 de septiembre de 2006, cuando alcanzó los 29,6 millones de kilómetros cuadrados.. Que el agujero actual sea grande a estas alturas del año, sin embargo, no significa por sí solo que la recuperación de la capa de ozono se haya detenido. Su tamaño puede variar notablemente de una temporada a otra debido, entre otros factores, a las temperaturas y a la circulación de la atmósfera sobre la Antártida.. De hecho, Copernicus señala que durante los últimos años se han observado agujeros más pequeños y de menor duración, una evolución que apunta a una recuperación progresiva de la capa de ozono a largo plazo.
El agujero de la capa de ozono sobre la Antártida ha vuelto a crecer antes de lo habitual este año y se mantiene por encima de la media para estas fechas. El Servicio de Vigilancia Atmosférica de Copernicus (CAMS, por sus siglas en inglés) ha constatado que su superficie alcanzó los 25 millones de kilómetros cuadrados el 12 de septiembre, unos cinco millones de km² más que el promedio calculado a partir de la serie histórica iniciada en 1979.
Los datos, difundidos con motivo del Día Internacional de las Naciones Unidas para la Preservación de la Capa de Ozono, que se celebra este miércoles, muestran que el fenómeno comenzó a desarrollarse a un ritmo normal desde la segunda quincena de agosto, en línea con lo observado durante los últimos 46 años. Sin embargo, su crecimiento empezó a acelerarse después.
A finales del mes pasado, el agujero ya había llegado a los 15 millones de kilómetros cuadrados, una superficie superior a la de la propia Antártida. Ese umbral se alcanzó ligeramente antes de lo habitual y con una evolución similar a la registrada en 2025, cuando llegó a esa misma extensión el 30 de agosto.
La principal diferencia se produjo durante la primera mitad de septiembre. En apenas unos días, la superficie del agujero aumentó de forma considerable hasta alcanzar los 25 millones de kilómetros cuadrados el día 12 y, según las previsiones de Copernicus, todavía podría seguir creciendo el resto del mes.
Pero, ¿qué significa exactamente que crezca el agujero de ozono? Pese a su nombre, no se trata de un agujero literal en la atmósfera ni de una zona en la que desaparezca por completo el ozono. El término se utiliza para describir una extensa región sobre la Antártida en la que la cantidad de este gas en la estratosfera desciende hasta niveles bajos.
Su tamaño no es el único factor que permite conocer su gravedad: Copernicus señala que, pese a la gran superficie alcanzada este año, otros indicadores utilizados para medir la intensidad del fenómeno se mantienen por ahora cerca de sus valores habituales. Es el caso tanto de la cantidad mínima de ozono detectada dentro del área afectada como del volumen total de ozono perdido.
Por qué está creciendo tan rápido este año
El rápido desarrollo registrado en las últimas semanas coincidió con un fuerte descenso de las temperaturas en la estratosfera, a unos 20 kilómetros de altura sobre el Polo Sur. El frío es precisamente uno de los ingredientes que favorecen la destrucción del ozono.
Cuando las temperaturas descienden lo suficiente, se forman unas nubes en las capas altas de la atmósfera, conocidas como nubes estratosféricas polares. Sobre sus partículas se producen reacciones químicas que preparan determinados compuestos de cloro y bromo para destruir el ozono cuando vuelve la luz solar.
Por eso el agujero aparece de forma estacional. Durante el invierno antártico, el Polo Sur permanece durante meses casi sin luz. Con la llegada de la primavera austral, entre agosto y noviembre, regresa la radiación solar y se ponen en marcha esas reacciones químicas, provocando una rápida pérdida de ozono.
«La evolución del agujero de ozono antártico puede variar considerablemente de un año a otro, en función de diversos factores atmosféricos y químicos», explica Laurence Rouil, directora del CAMS. Rouil ha señalado que, aunque este año se ha registrado «un rápido aumento de su superficie a principios de septiembre», otros indicadores siguen próximos a las medias históricas. A su juicio, los datos evidencian la necesidad de vigilar tanto las alteraciones provocadas por la actividad humana como los factores naturales que influyen sobre la capa de ozono.
Una capa que protege frente a la radiación ultravioleta
La capa de ozono actúa como un escudo frente a buena parte de la radiación ultravioleta nociva procedente del Sol, relacionada, entre otros efectos, con un mayor riesgo de cáncer de piel. Durante casi medio siglo, las emisiones generadas por la actividad humana han contribuido al adelgazamiento de esta capa protectora.
A ello se suma el efecto del calentamiento global sobre las distintas zonas de la atmósfera: aunque la temperatura aumenta cerca de la superficie terrestre, las capas superiores de la atmósfera pueden enfriarse. Ese descenso térmico en la estratosfera favorece la formación de nubes polares y, con ellas, los procesos químicos que destruyen el ozono.
Las observaciones terrestres y por satélite permiten seguir la evolución del agujero de ozono antártico desde finales de la década de 1970. El récord de extensión se registró el 9 de septiembre de 2006, cuando alcanzó los 29,6 millones de kilómetros cuadrados.
Que el agujero actual sea grande a estas alturas del año, sin embargo, no significa por sí solo que la recuperación de la capa de ozono se haya detenido. Su tamaño puede variar notablemente de una temporada a otra debido, entre otros factores, a las temperaturas y a la circulación de la atmósfera sobre la Antártida.
De hecho, Copernicus señala que durante los últimos años se han observado agujeros más pequeños y de menor duración, una evolución que apunta a una recuperación progresiva de la capa de ozono a largo plazo.
