Los diminutivos y aumentativos suelen asociarse a tamaño, pero en español cambian el sentido con mucha más libertad. Una casita puede ser pequeña, sí, aunque a menudo transmite cariño, cercanía o incluso ironía. Cuando alguien dice ‘me voy a mi casita’ no está describiendo metros cuadrados, sino un tono afectuoso. Con perrito, cafecito o momentito ocurre lo mismo, porque el diminutivo suaviza la expresión o la vuelve más amable, incluso cuando el objeto no es realmente pequeño.. También existen diminutivos que se vuelven despectivos. Llamar señorito a alguien no alude a su juventud, sino a su actitud. Pueblito puede sonar entrañable o condescendiente según la intención del hablante. Y listillo o cantorcillo no reducen a nadie en tamaño, sino que rebajan la valoración de su habilidad. El sufijo actúa aquí como una herramienta expresiva, mucho más potente que una simple indicación física.. Con los aumentativos ocurre algo parecido. Cochazo, peliculón o equipazo no hablan de tamaño, sino de valoración positiva. Pero hay sufijos aumentativos que, en muchos usos, tiran hacia lo contrario y sirven para marcar desprecio o desagrado. En estos casos, un tiparraco no es ‘un tipo grande’, sino un tipo desagradable o de poca categoría, y pajarraco suele aludir a un pájaro feo, torpe o molesto, no a uno enorme. Lo mismo pasa con ricachón, que no significa solo ‘muy rico’, sino ‘rico con connotación antipática o ridícula’. En estos casos, el sufijo no se limita a intensificar, también carga la palabra de intención y por eso el aumentativo puede funcionar como crítica aunque no haya ninguna idea real de tamaño.
Los diminutivos y aumentativos suelen asociarse a tamaño, pero en español cambian el sentido con mucha más libertad. Una casita puede ser pequeña, sí, aunque a menudo transmite cariño, cercanía o incluso ironía. Cuando alguien dice ‘me voy a mi casita’ no está describiendo metros cuadrados, sino un tono afectuoso. Con perrito, cafecito o momentito ocurre lo mismo, porque el diminutivo suaviza la expresión o la vuelve más amable, incluso cuando el objeto no es realmente pequeño.. También existen diminutivos que se vuelven despectivos. Llamar señorito a alguien no alude a su juventud, sino a su actitud. Pueblito puede sonar entrañable o condescendiente según la intención del hablante. Y listillo o cantorcillo no reducen a nadie en tamaño, sino que rebajan la valoración de su habilidad. El sufijo actúa aquí como una herramienta expresiva, mucho más potente que una simple indicación física.. Con los aumentativos ocurre algo parecido. Cochazo, peliculón o equipazo no hablan de tamaño, sino de valoración positiva. Pero hay sufijos aumentativos que, en muchos usos, tiran hacia lo contrario y sirven para marcar desprecio o desagrado. En estos casos, un tiparraco no es ‘un tipo grande’, sino un tipo desagradable o de poca categoría, y pajarraco suele aludir a un pájaro feo, torpe o molesto, no a uno enorme. Lo mismo pasa con ricachón, que no significa solo ‘muy rico’, sino ‘rico con connotación antipática o ridícula’. En estos casos, el sufijo no se limita a intensificar, también carga la palabra de intención y por eso el aumentativo puede funcionar como crítica aunque no haya ninguna idea real de tamaño.
20MINUTOS.ES – Cultura
