20MINUTOS.ES – Televisión
Se acabó El Mundial. Y sus audiencias millonarias, que recuerdan que la televisión continúa siendo la ventana a los grandes acontecimientos. Es una evidencia: la sociedad regresa a los canales en directo cuando se siente representada. También los más jóvenes. Pero el día después del triunfo colectivo, la mayoría de las cadenas vuelven a su rutina e intentan salvar a los espectadores fieles que quedan en su emisión. Cuando la pregunta que debería entrenarse mejor es cómo recuperar al público que se siente huérfano de programas e incluso aturdido entre tanta oferta audiovisual. Ahí los canales tradicionales mantienen su superpoder: sus programaciones son una vitrina donde encontrar grandes apuestas sin necesidad de perderse en catálogos inmensos. Solo basta coquetear con el mando a distancia, que persiste como gran invento.. Pero el ajuste económico de las compañías televisivas y, como consecuencia, la prisa de producción de contenidos va llevando a la tele a perder la magia de la elaboración. Que requiere tiempo, riesgo y creatividad. Mientras tanto hay una tendencia de creer que el segmento ideológico es la solución para subir el share. Se observa cómo los famosos van dejando de ser transversales en el interés colectivo, ya que la población persigue a sus ídolos favoritos dándoles likes o, directamente, hateándolos en sus redes sociales. En cambio, los políticos nos afectan a todos. Son la nueva materia prima del reality show. Pero la historia también nos recuerda que las grandes audiencias de la rentabilidad televisiva se han conseguido reuniendo a la diversidad social sin susceptibilidades y con responsabilidades. La tele es como un gran teatro que nos congregaba sin necesidad de ponerse de gala pero con vocación de servicio público. Ahí estaba su magnetismo: en transmitir la capacidad de descubrir, aprender, jugar y encontrarse sintiéndonos un rato a salvo. Hasta cuando la actualidad nos atronaba: había pedagogía, no solo miedo.. Sin embargo, en los últimos tiempos, los atajos por la audiencia han ido haciendo creer que el público prefiere los sobresaltos. En realidad, con esta estrategia, se sube la cuota de pantalla instantánea al reunir en un único canal a convencidos de una creencia. Incluso sometidos de una ideología que busca que les den la razón. Pero, a la vez, se va expulsando a la suma de espectadores generalistas. Porque se expulsa a los espectadores críticos. Que son la mayoría social. Así la tele se va quedando como un producto más de nicho, contagiada por los debates de redes sociales que desvirtúan la diferencia entre los medios de comunicación y las corrientes de opinión de la viralidad.. La tele debe distinguirse del tuit incendiario y del reel instantáneo. La tele debe marcar agenda desde las ideas que los algoritmos no siempre son capaces de pronosticar. Aunque crean que sí. Un objetivo que es difícil del conseguir sin invertir en la confianza de los creadores. También si no se entiende que el futuro de la tele depende de conciliar mejor horarios con los hábitos cotidianos de la audiencia. En ese ejercicio, también es esencial saber adelantarse a los intereses del público e incluso romper sus prejuicios. No alimentarlos los clichés desde la condescendencia.. Si analizamos la historia de la televisión en España, en los años en los que La 1 de TVE rompía audiencias bajo el nombre alegórico de La Primera, en la década que lideró Telecinco y en las últimas temporadas que ganó Antena 3, la tele despierta grandes audiencias cuando atesora una mirada progresista sin carné. Recordemos algunos de los programas históricos, que han sido creados en nuestro país: Verano Azul, Un, dos, tres…, Médico de Familia, Operación Triunfo, Cuéntame cómo pasó. Todos fueron novedosos en su momento y todos eran progresistas porque leían la sociedad desde la libertad compartida: la que no busca imponer e intenta descubrir al otro desde la empatía, ya fuera desde los ojos jóvenes aún sin la mochila de los tabúes adultos, ya fuera desde la ironía de Raffaella Carrà, ya fuera desde los chalets de la clase media que se creía que el futuro solo podía mejor, ya fuera desde una academia de OT que convertía la fama en más democrática o ya fuera desde una Ruperta que se transformó en símbolo. En cada edición del Un, dos, tres… los regalos decían lo que necesitábamos en cada momento. De épocas más ingenuas, donde nos conformábamos con una cocina, a épocas más avariciosas donde lo suyo era un apartamento en pleno boom de la especulación inmobiliaria. Sin olvidar, cuando ansiábamos un coche porque era sinónimo de ganar independencia.. También sucede hoy con los programas que destacan. Pasapalabra es el gran ejemplo. Luz, juego, complicidad, evasión y rutina. Qué importante es la rutina de la tele como compañera de la cotidianidad. Otros, en cambio, la polarización que les aupó se termina convirtiendo en su problema. Pero queremos más contenido que reclamos. Ahí empezó a caer Telecinco, del liderazgo al ostracismo, al poner todos los esfuerzos en un mismo tipo de entretenimiento que debatía todo y nada.. Los programas que congregan audiencias millonarias son los que unen sin necesidad de discursos que terminan sonando a imposición y atesoran la capacidad de invertir en la sensibilidad de la creatividad: poniéndonos a descubrir. Canciones, palabras, talentos, emociones, historias. Y eso siempre se hace mejor con la mente abierta que nos permite avanzar. Así la tele traspasa, la que tiene memoria para seguir creciendo desde las ideas más que desde los miedos, la que tiene tiempo para la imaginación que acompaña más que para los temores que solo impactan. O el espectador se esfuma, porque siente que todo ya lo ha visto. Y que encima tiene el mismo contenido resumido en su propio móvil.
Se acabó El Mundial. Y sus audiencias millonarias, que recuerdan que la televisión continúa siendo la ventana a los grandes acontecimientos. Es una evidencia: la sociedad regresa a los canales en directo cuando se siente representada. También los más jóvenes. Pero el día después del triunfo colectivo, la mayoría de las cadenas vuelven a su rutina e intentan salvar a los espectadores fieles que quedan en su emisión. Cuando la pregunta que debería entrenarse mejor es cómo recuperar al público que se siente huérfano de programas e incluso aturdido entre tanta oferta audiovisual. Ahí los canales tradicionales mantienen su superpoder: sus programaciones son una vitrina donde encontrar grandes apuestas sin necesidad de perderse en catálogos inmensos. Solo basta coquetear con el mando a distancia, que persiste como gran invento.. Pero el ajuste económico de las compañías televisivas y, como consecuencia, la prisa de producción de contenidos va llevando a la tele a perder la magia de la elaboración. Que requiere tiempo, riesgo y creatividad. Mientras tanto hay una tendencia de creer que el segmento ideológico es la solución para subir el share. Se observa cómo los famosos van dejando de ser transversales en el interés colectivo, ya que la población persigue a sus ídolos favoritos dándoles likes o, directamente, hateándolos en sus redes sociales. En cambio, los políticos nos afectan a todos. Son la nueva materia prima del reality show. Pero la historia también nos recuerda que las grandes audiencias de la rentabilidad televisiva se han conseguido reuniendo a la diversidad social sin susceptibilidades y con responsabilidades. La tele es como un gran teatro que nos congregaba sin necesidad de ponerse de gala pero con vocación de servicio público. Ahí estaba su magnetismo: en transmitir la capacidad de descubrir, aprender, jugar y encontrarse sintiéndonos un rato a salvo. Hasta cuando la actualidad nos atronaba: había pedagogía, no solo miedo.. Sin embargo, en los últimos tiempos, los atajos por la audiencia han ido haciendo creer que el público prefiere los sobresaltos. En realidad, con esta estrategia, se sube la cuota de pantalla instantánea al reunir en un único canal a convencidos de una creencia. Incluso sometidos de una ideología que busca que les den la razón. Pero, a la vez, se va expulsando a la suma de espectadores generalistas. Porque se expulsa a los espectadores críticos. Que son la mayoría social. Así la tele se va quedando como un producto más de nicho, contagiada por los debates de redes sociales que desvirtúan la diferencia entre los medios de comunicación y las corrientes de opinión de la viralidad.. La tele debe distinguirse del tuit incendiario y del reel instantáneo. La tele debe marcar agenda desde las ideas que los algoritmos no siempre son capaces de pronosticar. Aunque crean que sí. Un objetivo que es difícil del conseguir sin invertir en la confianza de los creadores. También si no se entiende que el futuro de la tele depende de conciliar mejor horarios con los hábitos cotidianos de la audiencia. En ese ejercicio, también es esencial saber adelantarse a los intereses del público e incluso romper sus prejuicios. No alimentarlos los clichés desde la condescendencia.. Si analizamos la historia de la televisión en España, en los años en los que La 1 de TVE rompía audiencias bajo el nombre alegórico de La Primera, en la década que lideró Telecinco y en las últimas temporadas que ganó Antena 3, la tele despierta grandes audiencias cuando atesora una mirada progresista sin carné. Recordemos algunos de los programas históricos, que han sido creados en nuestro país: Verano Azul, Un, dos, tres…, Médico de Familia, Operación Triunfo, Cuéntame cómo pasó. Todos fueron novedosos en su momento y todos eran progresistas porque leían la sociedad desde la libertad compartida: la que no busca imponer e intenta descubrir al otro desde la empatía, ya fuera desde los ojos jóvenes aún sin la mochila de los tabúes adultos, ya fuera desde la ironía de Raffaella Carrà, ya fuera desde los chalets de la clase media que se creía que el futuro solo podía mejor, ya fuera desde una academia de OT que convertía la fama en más democrática o ya fuera desde una Ruperta que se transformó en símbolo. En cada edición del Un, dos, tres… los regalos decían lo que necesitábamos en cada momento. De épocas más ingenuas, donde nos conformábamos con una cocina, a épocas más avariciosas donde lo suyo era un apartamento en pleno boom de la especulación inmobiliaria. Sin olvidar, cuando ansiábamos un coche porque era sinónimo de ganar independencia.. También sucede hoy con los programas que destacan. Pasapalabra es el gran ejemplo. Luz, juego, complicidad, evasión y rutina. Qué importante es la rutina de la tele como compañera de la cotidianidad. Otros, en cambio, la polarización que les aupó se termina convirtiendo en su problema. Pero queremos más contenido que reclamos. Ahí empezó a caer Telecinco, del liderazgo al ostracismo, al poner todos los esfuerzos en un mismo tipo de entretenimiento que debatía todo y nada.. Los programas que congregan audiencias millonarias son los que unen sin necesidad de discursos que terminan sonando a imposición y atesoran la capacidad de invertir en la sensibilidad de la creatividad: poniéndonos a descubrir. Canciones, palabras, talentos, emociones, historias. Y eso siempre se hace mejor con la mente abierta que nos permite avanzar. Así la tele traspasa, la que tiene memoria para seguir creciendo desde las ideas más que desde los miedos, la que tiene tiempo para la imaginación que acompaña más que para los temores que solo impactan. O el espectador se esfuma, porque siente que todo ya lo ha visto. Y que encima tiene el mismo contenido resumido en su propio móvil.
