20MINUTOS.ES – Televisión
Hay una primera pregunta que sobresalta al ver El depredador de Sevilla en Netflix: cómo no hemos prestado la suficiente atención a esta historia. Ocupó noticias en informativos, apareció en periódicos y, sin embargo, la sentimos muy lejos. Aunque está muy cerca.. ¿Vivimos en una sociedad tan machista que damos menos importancia a los depredadores y todavía desconfiamos de sus víctimas? Es la segunda pregunta que nos irrumpe en la cabeza. Hasta convertirse en un escalofrío hondo.. Y así, desde nuestra propia perplejidad, esta serie documental dirigida por Alejandro Olvera va tejiendo la complejidad de este drama sin caer en el morbo del true crime básico e indagando en el periodismo clásico que escucha. La realidad se va desmenuzando dando el terapéutico protagonismo a la mirada de la víctima que se moviliza, Gabrielle Vega. Lo hace después de percatarse de que no está sola. En su proceso, las redes sociales han sido buenas aliadas. Han conectado a mujeres que padecieron la misma pesadilla: la de toparse con Manu White, que comandaba una agencia de viajes que simulaba ser aliada de los estudiantes extranjeros. Con bien de banderitas de sus universidades.. Se contabiliza más de 50 casos de chicas que sufrieron los abusos del guía en el que confiaron. Primer paso para aprovecharse de todas sus vulnerabilidades: jóvenes, inexpertas, en un país extraño y embriagadas de las ansias de vivir la fiesta de una cultura alcohólica. El cóctel perfecto. Y también la coartada con la que El depredador de Sevilla sumaba papeletas para salir ileso. Su agencia de viajes era una plataforma ideal donde conocer chicas que nunca más se iba a volver a cruzar en el camino.. Complejo puzzle. Pero el documental encaja las piezas con claridad: con entrevistas muy trabajadas, la grabación real del juicio y recreaciones muy Netflix. Además, la producción, de Newtral y Atresmedia, se para en matices que pasan más desapercibidos y son esenciales para narrar mejor la historia desde la tele de hoy. Para percatarnos de que no estamos visionando una serie de ficción, un videojuego o una conspiración viral. Se invierte tiempo en realizar cuidadas filmaciones a vista de dron del piso real de White en Sevilla, en la Plaza El Juncal. También la documentación recupera selfies de las chicas con el guía en aquellos viajes. Son la generación que ya tiene su vida grabada desde la propia adolescencia. Aunque sea a cachitos de stories de Instagram.. La justicia ha condenado a Manu White, Manuel Blanco. Ahora él ha recurrido al Tribunal Supremo. Todo el proceso es narrado por el documental con el suspense de la entonación anglosajona y, a la vez, con la sensibilidad española. El resultado logra tres capítulos que van más allá de un veredicto judicial: hay pedagogía. Se podían haber quedado en el sensacionalismo rimbombante, eso es lo fácil, pero se ha conseguido un ejercicio periodístico de divulgación de esas prácticas que no siempre somos capaces de captar cuando tenemos al depredador enfrente. La visibilidad didáctica de determinadas formas de actuar permite aprender para que la historia no se repita. Porque los depredadores no son como los malos de las películas de Disney. Pueden ser el vecino del ático de arriba, ese simpático ligón que hinchó un jacuzzi sin agua en la terraza.
Hay una primera pregunta que sobresalta al ver El depredador de Sevilla en Netflix: cómo no hemos prestado la suficiente atención a esta historia. Ocupó noticias en informativos, apareció en periódicos y, sin embargo, la sentimos muy lejos. Aunque está muy cerca.. ¿Vivimos en una sociedad tan machista que damos menos importancia a los depredadores y todavía desconfiamos de sus víctimas? Es la segunda pregunta que nos irrumpe en la cabeza. Hasta convertirse en un escalofrío hondo.. Y así, desde nuestra propia perplejidad, esta serie documental dirigida por Alejandro Olvera va tejiendo la complejidad de este drama sin caer en el morbo del true crime básico e indagando en el periodismo clásico que escucha. La realidad se va desmenuzando dando el terapéutico protagonismo a la mirada de la víctima que se moviliza, Gabrielle Vega. Lo hace después de percatarse de que no está sola. En su proceso, las redes sociales han sido buenas aliadas. Han conectado a mujeres que padecieron la misma pesadilla: la de toparse con Manu White, que comandaba una agencia de viajes que simulaba ser aliada de los estudiantes extranjeros. Con bien de banderitas de sus universidades.. Se contabiliza más de 50 casos de chicas que sufrieron los abusos del guía en el que confiaron. Primer paso para aprovecharse de todas sus vulnerabilidades: jóvenes, inexpertas, en un país extraño y embriagadas de las ansias de vivir la fiesta de una cultura alcohólica. El cóctel perfecto. Y también la coartada con la que El depredador de Sevilla sumaba papeletas para salir ileso. Su agencia de viajes era una plataforma ideal donde conocer chicas que nunca más se iba a volver a cruzar en el camino.. Complejo puzzle. Pero el documental encaja las piezas con claridad: con entrevistas muy trabajadas, la grabación real del juicio y recreaciones muy Netflix. Además, la producción, de Newtral y Atresmedia, se para en matices que pasan más desapercibidos y son esenciales para narrar mejor la historia desde la tele de hoy. Para percatarnos de que no estamos visionando una serie de ficción, un videojuego o una conspiración viral. Se invierte tiempo en realizar cuidadas filmaciones a vista de dron del piso real de White en Sevilla, en la Plaza El Juncal. También la documentación recupera selfies de las chicas con el guía en aquellos viajes. Son la generación que ya tiene su vida grabada desde la propia adolescencia. Aunque sea a cachitos de stories de Instagram.. La justicia ha condenado a Manu White, Manuel Blanco. Ahora él ha recurrido al Tribunal Supremo. Todo el proceso es narrado por el documental con el suspense de la entonación anglosajona y, a la vez, con la sensibilidad española. El resultado logra tres capítulos que van más allá de un veredicto judicial: hay pedagogía. Se podían haber quedado en el sensacionalismo rimbombante, eso es lo fácil, pero se ha conseguido un ejercicio periodístico de divulgación de esas prácticas que no siempre somos capaces de captar cuando tenemos al depredador enfrente. La visibilidad didáctica de determinadas formas de actuar permite aprender para que la historia no se repita. Porque los depredadores no son como los malos de las películas de Disney. Pueden ser el vecino del ático de arriba, ese simpático ligón que hinchó un jacuzzi sin agua en la terraza.
