20MINUTOS.ES – Televisión
“A veces, la audiencia no es solo lo importante, sino lo que queda en el corazón. Y este programa quedará siempre en la memoria de todos. En los que ya somos más mayores y en los que son más críos, los críos que ahora empiezan a descubrir El Grand Prix. Por eso, yo siempre pienso que este concurso no es nuestro: es vuestro. Es de todas las familias que, durante 31 años, nos estáis viendo. Acordándonos de los abuelos que ya no están. Y de los padres, que algunos se han ido”. Ramón García se emociona en los últimos minutos de El Grand Prix.. Sentado en la colchoneta donde caen los bolos humanos, el comunicador reivindica el trabajo en equipo que es la tele, agradece la confianza de Televisión Española y recuerda la congregación que, también, es la vida: “En un mundo de tabletas e internet, El Grand Prix aún tiene la capacidad de juntar frente al televisor a toda una familia”. Como la tele de siempre, en un tiempo tan individualista como el de ahora, potenciado por la feroz manera en la que consumimos las imágenes que nos llegan por el móvil.. Los propios concursantes del veterano programa recuerdan lo que hace diferente a este concurso: brincan sin buscar una fama personal, celebran el orgullo de pueblo con sus vecinos. Y así lo festejo Quintanar del Rey, que ganó en una final muy ajustada. Como también lo festejó los perdedores que no se sentían tal cosa: Polinyà.. Pero todavía quedaba un detalle que se guardaba El Grand Prix y que define la tele que mima el guiño hasta en el último título de crédito. La tele que se atreve a la alegoría de la que brota la implicación de la gente con los programas de televisión. Porque la tele es poesía. Aunque se nos esté olvidando. Así, cuando cayó el confeti del cielo del decorado y sonó la sintonía de cierre, apareció en pantalla el habitual recopilatorio con las mejores imágenes de las pruebas de la noche. Aunque, esta vez, los saltos más espídicos de los equipos se iban combinando con imágenes del desmontaje del gran decorado de El Grand Prix. Hasta mostrar el gran plató completamente vacío. Ya sin la luz, el color y la adrenalina de la magia de la tele. El parque de atracciones se transformó en una fría nave industrial.. De nuevo, el programa retrató el trabajo en equipo. También para recoger los bártulos. Lo hizo al estilo de los maestros de la tele clásica que no se conformaban con soltar el nombre de un ganador. Y cuidaban la liturgia que transforma un concurso en compañía inolvidable. Incluso tomándose su tiempo para cerrar etapa con un guiño melancólico. La fiesta del verano marchándose como se desmonta el pueblo de cartón piedra de El Grand Prix. Esperemos que sea solo para ir al almacén de decorados donde descansan los sueños que nos hicieron confiar en la imaginación compartida.
“A veces, la audiencia no es solo lo importante, sino lo que queda en el corazón. Y este programa quedará siempre en la memoria de todos. En los que ya somos más mayores y en los que son más críos, los críos que ahora empiezan a descubrir El Grand Prix. Por eso, yo siempre pienso que este concurso no es nuestro: es vuestro. Es de todas las familias que, durante 31 años, nos estáis viendo. Acordándonos de los abuelos que ya no están. Y de los padres, que algunos se han ido”. Ramón García se emociona en los últimos minutos de El Grand Prix.. Sentado en la colchoneta donde caen los bolos humanos, el comunicador reivindica el trabajo en equipo que es la tele, agradece la confianza de Televisión Española y recuerda la congregación que, también, es la vida: “En un mundo de tabletas e internet, El Grand Prix aún tiene la capacidad de juntar frente al televisor a toda una familia”.Como la tele de siempre, en un tiempo tan individualista como el de ahora, potenciado por la feroz manera en la que consumimos las imágenes que nos llegan por el móvil.. Los propios concursantes del veterano programa recuerdan lo que hace diferente a este concurso: brincan sin buscar una fama personal, celebran el orgullo de pueblo con sus vecinos. Y así lo festejo Quintanar del Rey, que ganó en una final muy ajustada. Como también lo festejó los perdedores que no se sentían tal cosa: Polinyà.. Pero todavía quedaba un detalle que se guardaba El Grand Prix y que define la tele que mima el guiño hasta en el último título de crédito. La tele que se atreve a la alegoría de la que brota la implicación de la gente con los programas de televisión. Porque la tele es poesía. Aunque se nos esté olvidando. Así, cuando cayó el confeti del cielo del decorado y sonó la sintonía de cierre, apareció en pantalla el habitual recopilatorio con las mejores imágenes de las pruebas de la noche. Aunque, esta vez, los saltos más espídicos de los equipos se iban combinando con imágenes del desmontaje del gran decorado de El Grand Prix. Hasta mostrar el gran plató completamente vacío. Ya sin la luz, el color y la adrenalina de la magia de la tele. El parque de atracciones se transformó en una fría nave industrial.. De nuevo, el programa retrató el trabajo en equipo. También para recoger los bártulos. Lo hizo al estilo de los maestros de la tele clásica que no se conformaban con soltar el nombre de un ganador. Y cuidaban la liturgia que transforma un concurso en compañía inolvidable. Incluso tomándose su tiempo para cerrar etapa con un guiño melancólico. La fiesta del verano marchándose como se desmonta el pueblo de cartón piedra de El Grand Prix. Esperemos que sea solo para ir al almacén de decorados donde descansan los sueños que nos hicieron confiar en la imaginación compartida.
