Dormir bajo los mismos techos que cobijaron a Leonor de Aquitania y Ricardo Corazón de León y, siglos después, a los presos más peligrosos de Francia ya es posible. La abadía de Fontevraud, el mayor complejo monástico de Europa, fundado en el siglo XII, ha culminado una metamorfosis que estira sus hilos desde el románico hasta el diseño industrial más limpio del siglo XXI. Clasificado como monumento histórico en 1840, el monasterio es Patrimonio Mundial de la Unesco desde el año 2000. Este histórico recinto del Valle del Loira, que llegó a ser una pequeña ciudad, se postula como un faro de hedonismo contemporáneo, si entendemos hedonismo por desconexión y por silencio.. Ya no solo alberga el mausoleo real de la dinastía Plantagenet, sino también el Museo de Arte Moderno, constituido por la colección privada de Martine (artista) y Léon Cligman (industrial). Casi mil años de historia y dos patrimonios excepcionales dialogan en un entorno hors du monde. Además, respetando la idea de austeridad, el estudio de arquitectura Jouin Manku ha transformado las antiguas celdas del priorato de San Lázaro (colindante a la abadía) en un hotel donde la ausencia se celebra con música callada (que diría Mompou), soledad sonora (que diría san Juan de la Cruz) y, para quien no pueda resistirlo, con la alta cocina del chef Thibaut Ruggeri, premio Bocuse d’Or.. La imponente nave central de la iglesia de la Abadía Real de Fontevraud.CHRISTOPHE MARTIN. Una clase de historia. Entre la reforma religiosa del siglo XII, el Museo de Arte Moderno y el hotel del siglo XXI debemos tener en cuenta unas cuantas fechas. En 1101, convencido de que mujeres y hombres podían cohabitar castamente, el monje Robert d’Arbrissel fundó una abadía que diera cobijo a monjas contemplativas (Le Grand Moûtier, el monasterio principal, edificio hoy increíblemente intacto) y a las que cuidaban a los leprosos (el priorato de San Lázaro, donde hoy está el hotel). Catorce años después, en 1115, antes de morir, D’Arbrissel cedió el poder a la abadesa Pétronille de Chemillé, algo demasiado moderno para la época. En los vitrales de la iglesia de Notre-Dame-la-Neuve se ve a la abadesa recibiendo la cruz.. En 1190, Enrique II y Leonor de Aquitania confiaron la educación de sus hijos a la abadía. El rey fue enterrado en Fontevraud en 1189. Cuando, diez años, después falleció su hijo Ricardo Corazón de León, Leonor decidió sepultarlo junto a su padre, como era su deseo. En 1200, la reina indomable (esa Leonor tan bien interpretada por Katharine Hepburn en la película El león en invierno), tras respaldar firmemente a su hijo Juan sin Tierra, encontró refugio en Fontevraud, donde murió cuatro años más tarde. Hoy vemos las efigies funerarias de los Plantagenet, una al lado de otra, en la nave de la iglesia abacial. La profesora de Historia Medieval y especialista en historia de las mujeres Almudena Blasco opina: “La visibilidad de la Abadía de Fontevraud responde al espacio monástico que Leonor de Aquitania condujo hacia lo simbólico, a los parajes de la dinastía Plantagenet, hacia el imaginario de un Estado que adopta la forma del Imperio angevino donde ella y los hombres de su familia dotan de razonable gobernanza una historia inmortal”.. Visitantes frente a los restos de Ricardo I de Inglaterra, conocido como Ricardo Corazón de León, ubicado en la Abadía Real de Fontevraud.KAZIM KREAZIM. Para 1491, la guerra de los Cien Años había hundido las rentas de las tierras de la abadía. La abadesa Renée de Bourbon, símbolo de la renovación, emprendió la construcción de un cercado de 1,3 kilómetros de longitud alrededor del Grand Moûtier y de una galería adosada al transepto, nave transversal que cruza perpendicularmente a la nave principal. Con la Revolución, en 1789, los bienes del clero se declararon nacionales. La abadía todavía contaba con 70 religiosas y 22 religiosos. En 1792 se produjo la salida de la última abadesa, Julie d’Antin, y se inició la época de los saqueos. La iglesia de Saint-Jean fue desmantelada y sirvió de cantera de piedra, mientras el resto de edificios quedaron abandonados.. En 1804, Napoleón transformó la abadía en una casa de fuerza y corrección, como la del Mont-Saint-Michel. Tras diez años de obras, abrió como prisión y lo siguió siendo ¡hasta 1985!, cuando salieron los últimos prisioneros tras haber participado en la destrucción de los talleres de la cárcel y en la consiguiente restauración de la abadía. La llamada “prisión de las mil ventanas” se entregó al poder civil.. En todo caso, a pesar de ejercer como cárcel, la abadía fue parcialmente visitada y Prosper Mérimée —fascinado como nos fascinamos hoy con las cúpulas que elevan las viejas cocinas a cargo del arquitecto Lucien Magne, discípulo de Viollet-le-Duc— la clasificó como monumento histórico. Poco a poco varios edificios fueron liberados de la función penitenciaria, como el claustro y el refectorio. Desde la decisión de cerrar definitivamente la prisión en 1963 hasta finales del siglo XX, las obras de restauración fueron dando a la abadía el aspecto que el viajero descubre hoy.. Gestación de un museo. El nuevo milenio trajo el último gran hito de la abadía. Durante más de seis décadas, el magnate del textil Léon Cligman y su esposa, la artista Martine Martine, reunieron en su residencia de París una considerable colección de arte. Tras un sonado desencuentro con la ciudad de Tours, que rechazó el legado por disputas burocráticas, el matrimonio encontró en Fontevraud el refugio definitivo para su tesoro. Inaugurado en 2021 en las antiguas caballerizas del siglo XVIII (la Fannerie), el Museo de Arte Moderno de Fontevraud alberga hoy ese legado de 800 obras.. En sus salas, la pintura de los siglos XIX y XX brilla a través de joyas ocultas como el íntimo Autoportrait de dos (1884) de Henri de Toulouse-Lautrec, los trazos al carboncillo de La Repasseuse de Edgar Degas o las naturalezas muertas expresionistas de Chaïm Soutine y Georges Rouault. Mención especial merece André Derain, una de las grandes debilidades del matrimonio, del que se exhiben piezas tan potentes como Portrait de Gitan o Forêt en Île-de-France, además de la serie de 36 ilustraciones originales que el artista concibió para el Satiricón de Petronio. El recorrido reserva un espacio para Germaine Richier, una de las escultoras de vanguardia más importantes de Francia, de quien se expone un conjunto de 14 piezas de bronce monumentales que se acoplan a la sobriedad del entorno medieval. Las artes decorativas asoman con una colección de 88 piezas de vidrio soplado del maestro vidriero Maurice Marinot, cuyos vasos e incensarios parecen capturar la luz del Loira.. Una sala del Museo de Arte Moderno de Fontevraud que exhibe esculturas de bronce de Germaine Richier en diálogo con una pintura de la ciudad de Nueva York creada por Bernard Buffet al fondo de la pared.MARC DOMAG. El verdadero triunfo del museo radica en una museografía limpia y libre de etiquetas donde el visitante asiste a un diálogo transcultural e histórico. Así, un lienzo vanguardista de Robert Delaunay o Juan Gris comparten mirada de forma natural con un torso de Bodhisattva jemer del siglo XII, estatuillas del Antiguo Egipto, máscaras africanas o ídolos precolombinos. En un número especial que la prestigiosa revista Beaux Arts dedicó a la colección, Martine y Léon Cligman explicaron su modus operandi: “Íbamos a las galerías, observábamos, nos cruzábamos con un cuadro que nos gustaba mucho. Volvíamos a casa y solo pensábamos en ese cuadro. Estábamos obligados a volver al día siguiente para admirarlo de nuevo. Eso es una obra de arte, ella te llama”. El diseño austero y restaurante abundante. El estudio de arquitectura liderado por el diseñador Patrick Jouin y el arquitecto Sanjit Manku asumió el reto de transformar las celdas del antiguo priorato de San Lázaro conservando su aura mística. El resultado es un hotel minimalista donde la sobriedad monacal se entiende con la modernidad y con la moderación (140 euros la noche). No es esta su primera gran obra; de hecho, rediseñar espacios históricos, hoteles y templos de la alta gastronomía parece ser su especialidad.. Se encargaron de renovar el hotel La Mamounia (Marrakech) para su centenario; de los espacios públicos, el bar y los restaurantes (como el emblemático Camélia) del hotel Mandarin Oriental (París); de la renovación integral del Park Hyatt Tokyo —famoso mundialmente por ser el escenario de la película Lost in Translation—, así como de varios restaurantes del estrellado chef Alain Ducasse e incluso de la estación de Montparnasse (París): un proyecto de escala urbana donde transformaron la masiva estación ferroviaria para hacerla más luminosa, fluida y habitable, quizás su obra más ambiciosa hasta la fecha.. Respecto al restaurante Fontevraud Le Restaurant, junto al hotel, conviene constatar que la propuesta cuenta con una estrella Michelin y, además, una estrella verde que premia el compromiso ecológico del chef Thibaut Ruggeri, cuya filosofía culinaria pretende ser un fiel reflejo del entorno. Evita el artificio y se basa en el autoabastecimiento (cuenta con un huerto propio en el recinto) y en los tesoros del Valle del Loira, al que define como “el huerto de Francia”. Su comedor se abre directamente hacia el claustro (en el mismo sitio donde se sirven los desayunos) ligando la experiencia gastronómica con la monumentalidad del lugar. No es obligatorio pagar los 100 euros de su menú degustación para disfrutar del entorno; es más, el visitante puede llevar su propia colección de tuppers y cenar al aire libre.. Uno de los platos con champiñones que pueden degustarse el restaurante ubicado dentro de los terrenos de la Abadía Real de Fontevraud.CHRISTOPHE MARTIN. Haga lo que haga, el paseo nocturno tras la cena es una invitación a sentir el ingrávido peso de una noche obscenamente estrellada, leve y sedosa. Así uno comprende que la austeridad es una de las mayores virtudes. Ni el más mínimo temblor en el aire y con el silencio como cómplice.. Por la noche se ofrece la posibilidad de volver a visitar la abadía a solas, iluminada como una gran obra de arte, para prestar atención a lo que más interese, ya sean las tumbas policromadas de Ricardo Corazón de León y su familia en la iglesia abacial, el imponente claustro, la sala capitular, el Gran Refectorio de la Abadía Real con los tan bien mesurados vitrales del artista contemporáneo François Rouan o las famosas cocinas románicas (a menudo llamadas bizantinas), sin duda uno de los elementos arquitectónicos más raros de Europa: una estructura de planta octogonal con múltiples chimeneas en forma de escamas que recuerdan al diseño oriental, utilizada originalmente para ahumar el pescado.. El refectorio del hotel Fontevraud.Nicolas Matheus. Llegados a este punto, liberado de preocupaciones (o al menos de ruido), el único problema es que hay wifi en la habitación —dentro de poco se pagará por lo contrario—, pero una vez activado el modo avión y apagada la luz, todo se aprecia en su justa medida.
Dormir bajo los mismos techos que cobijaron a Leonor de Aquitania y Ricardo Corazón de León y, siglos después, a los presos más peligrosos de Francia ya es posible. La abadía de Fontevraud, el mayor complejo monástico de Europa, fundado en el siglo XII, ha culminado una metamorfosis que estira sus hilos desde el románico hasta el diseño industrial más limpio del siglo XXI. Clasificado como monumento histórico en 1840, el monasterio es Patrimonio Mundial de la Unesco desde el año 2000. Este histórico recinto del Valle del Loira, que llegó a ser una pequeña ciudad, se postula como un faro de hedonismo contemporáneo, si entendemos hedonismo por desconexión y por silencio.
