20MINUTOS.ES – Televisión
La excitación que despierta el modus operandi de las redes sociales ha invitado a estar al borde del Jekyll & Hyde a algunos mandatarios políticos, que han ido naturalizando que pueden adaptar su verborrea al tono imperante en determinadas redes sociales. Incluso cuando existe una responsabilidad gubernamental, que es la misma estés tuiteando en X o en un atril en un ministerio. Pero, con el móvil en la mano, se les olvida. Óscar Puente ha puesto en evidencia esta contradicción: ha defendido usar un lenguaje agresivo de matón en Twitter que, luego, le termina desacreditando en las comparencias públicas más decisivas como ministro. Porque uno nunca debería olvidarse de que cuando tiene un cargo en el Gobierno representa a todo el país y, por tanto, debe ejercer la serenidad en todas las ventanillas de comunicación.. Pero Puente ha optado por el personaje viral que arremete desde la trinchera. Así ha terminado ejerciendo el populismo online con la excusa de que es la única manera de afrontar el populismo que denuncia. Qué paradoja, imitar lo que se critica y terminar siendo faltón con oponentes. Una situación perversa que, finalmente, trae consecuencias: reduce la credibilidad de su trabajo en el Gobierno. Lo hemos visto durante su comparecencia después del segundo accidente ferroviario que ha sufrido España, en menos de un año. Ya no valen los eslóganes tuiteros. Tampoco sirve agarrarse a la culpa ajena, como ha intentado. Porque una responsabilidad nunca es de una persona sola. Si un problema humano provoca un accidente de tal calado es porque se ha descuidado todo lo demás: no ha funcionado bien la cadena de seguridad. Señalar a un operario y no analizar por qué falla el sistema es evidenciar el individualismo de la política actual, preocupada en salvar los muebles .. Más aún en una precampaña electoral que se iba a jugar en el show de los tuits, los zascas y otras emociones superficiales en formatos de entretenimiento, en tele, en redes y en streaming. La propia foto actual de perfil de Puente en X es sentado en el sofá morado del late Cara al Show, allí donde bromeó sobre Renfe hace poco más de una semana: «Como si no tuviéramos bastante con Renfe ya». La adrenalina del reality show termina anulando la sensibilidad de donde nacen las empatías. De los protagonistas del foco y del mismo espectador, que cree estar informado pero, a menudo, elige estar entretenido. Es más evasivo. Sin embargo, ahora, la cruda tragedia ha dejado sin palabras a los maestros de la superficialidad. Y ha vuelto a poner en el centro del debate la gestión política. Estábamos orgullosos de una alta velocidad que era segura, puntual y puntera y, de repente, sentimos el AVE como un lugar inseguro por hechos objetivos: en menos de un año, en cuatro trenes se ha roto toda la vida que tenían por delante más de cien personas.. Quién más y quién menos ha cogido alguna vez esos trenes. Quién más y quién menos ha soñado incluso que el progreso social era un camino sin retorno. La conmoción de este accidente también nos enfrenta a que los avances se perder si no se cuidan. El propio empobrecimiento de los servicios públicos va de la mano de normalizar la gestión lowcost que convierte en rutina los problemas y culpabiliza al eslabón más débil. Como también la devaluación social se define en las maneras en el que se descuida el vocabulario, pues todo empieza en la responsabilidad con la que nos dirigimos al resto del mundo. Todo comienza en cómo acompañamos o en cómo dejamos solos a los trabajadores que son ciudadanos a los que un gestor público se debe. Y no lo puede olvidar. Sea ante la prensa. O en un tuit.
La excitación que despierta el modus operandi de las redes sociales ha invitado a estar al borde del Jekyll & Hyde a algunos mandatarios políticos, que han ido naturalizando que pueden adaptar su verborrea al tono imperante en determinadas redes sociales. Incluso cuando existe una responsabilidad gubernamental, que es la misma estés tuiteando en X o en un atril en un ministerio. Pero, con el móvil en la mano, se les olvida. Óscar Puente ha puesto en evidencia esta contradicción: ha defendido usar un lenguaje agresivo de matón en Twitter que, luego, le termina desacreditando en las comparencias públicas más decisivas como ministro. Porque uno nunca debería olvidarse de que cuando tiene un cargo en el Gobierno representa a todo el país y, por tanto, debe ejercer la serenidad en todas las ventanillas de comunicación.. Pero Puente ha optado por el personaje viral que arremete desde la trinchera. Así ha terminado ejerciendo el populismo online con la excusa de que es la única manera de afrontar el populismo que denuncia. Qué paradoja, imitar lo que se critica y terminar siendo faltón con oponentes. Una situación perversa que, finalmente, trae consecuencias: reduce la credibilidad de su trabajo en el Gobierno. Lo hemos visto durante su comparecencia después del segundo accidente ferroviario que ha sufrido España, en menos de un año. Ya no valen los eslóganes tuiteros. Tampoco sirve agarrarse a la culpa ajena, como ha intentado. Porque una responsabilidad nunca es de una persona sola. Si un problema humano provoca un accidente de tal calado es porque se ha descuidado todo lo demás: no ha funcionado bien la cadena de seguridad. Señalar a un operario y no analizar por qué falla el sistema es evidenciar el individualismo de la política actual, preocupada en salvar los muebles .. Más aún en una precampaña electoral que se iba a jugar en el show de los tuits, los zascas y otras emociones superficiales en formatos de entretenimiento, en tele, en redes y en streaming. La propia foto actual de perfil de Puente en X es sentado en el sofá morado del late Cara al Show, allí donde bromeó sobre Renfe hace poco más de una semana: «Como si no tuviéramos bastante con Renfe ya». La adrenalina del reality show termina anulando la sensibilidad de donde nacen las empatías. De los protagonistas del foco y del mismo espectador, que cree estar informado pero, a menudo, elige estar entretenido. Es más evasivo. Sin embargo, ahora, la cruda tragedia ha dejado sin palabras a los maestros de la superficialidad. Y ha vuelto a poner en el centro del debate la gestión política. Estábamos orgullosos de una alta velocidad que era segura, puntual y puntera y, de repente, sentimos el AVE como un lugar inseguro por hechos objetivos: en menos de un año, en cuatro trenes se ha roto toda la vida que tenían por delante más de cien personas.. Quién más y quién menos ha cogido alguna vez esos trenes. Quién más y quién menos ha soñado incluso que el progreso social era un camino sin retorno. La conmoción de este accidente también nos enfrenta a que los avances se perder si no se cuidan. El propio empobrecimiento de los servicios públicos va de la mano de normalizar la gestión lowcost que convierte en rutina los problemas y culpabiliza al eslabón más débil. Como también la devaluación social se define en las maneras en el que se descuida el vocabulario, pues todo empieza en la responsabilidad con la que nos dirigimos al resto del mundo. Todo comienza en cómo acompañamos o en cómo dejamos solos a los trabajadores que son ciudadanos a los que un gestor público se debe. Y no lo puede olvidar. Sea ante la prensa. O en un tuit.
