20MINUTOS.ES – Televisión
Estamos hiperinformados. O eso sentimos. Pero, a la vez, hemos descubierto que el hecho de que exista abundancia de información no significa que haya más y mejor información. Apenas hay más ruido ambiente. Porque dedicamos más horas a dar vueltas en la rotonda de la actualidad de lo que los hechos comprobados nos permiten. En las redes sociales y en la propia tele, que ha centrado sus parrillas en el debate sobre lo que pasa en las noticias. Sin embargo, el debate sobre lo que pasa en las noticias no siempre es periodismo: sobre todo es opinión.. Y si no hay certezas, pero hay que rellenar una programación entera con conversaciones improvisadas, la especulación que termina en conspiración se abre camino. Como consecuencia, el espectáculo del zasca va comiendo terreno a la crónica sosegada. Incluso se da alas a un ambiente radicalizado, que ha sido validado por este tono de tertulia del ‘y tú más’ que está todo el rato en un impostor tono de “vencedores y vencidos”. Cuando el periodismo auténtico es lo contrario: es la serenidad que explora contextos, perspectivas y empatías. La serenidad que pretende el compromiso colectivo de entender más que la epopeya individualista de «vencer».. El maestro de la televisión Chicho Ibáñez Serrador explicaba en un prólogo de su más mítico concurso, Un, dos, tres… responda otra vez, que al aumento de canales no iba unido a más diversidad de contenido. Al contrario, pronosticaba la homogeneización de la oferta. «Con tanta competencia y tanta guerra, todos los canales están llegando al mismo nivel». Lo que a priori funciona se replica y hay más temor a salirse del renglón marcado como forma de llegar donde otros ni se acercan.. A eso se une que los calores de la tertulia es contenido barato para colmar horas de emisión. Así la opinión irritada no nos da tregua en todas las pantallas. Pantallas que no soltamos, pues las llevamos en el bolsillo a través del teléfono móvil que se ha convertido en nuestra relación más fiel. Hasta nos metemos con el aparato en la cama. Y luego preguntamos por qué padecemos una sensación de agotamiento constante. Será que no desconectamos nunca. Cuando solo aislándonos del bullicio podremos procesar mejor todos los eslóganes que nos asaltan hasta aplastar la posibilidad de concentración en noticias desarrolladas, contextualizadas y matizadas.. Estamos aturullados mientras nos creemos seres informados. Una atmósfera adiestrada por los oligarcas tecnológicos para convertirnos en consumidores manipulables. Queremos siempre que nos den la razón como clientes de un gran almacén. Lo que ha propiciado que naturalicemos elegir defensores a periodistas. Incluso algunos gritan “hay que bloquear a tal periodista”. Solo porque hace bien su trabajo y entrena el pensamiento crítico.. Un estado de ánimo irascible que ha provocado que el reproche gane a la capacidad de diálogo. Hasta provocar la canonización del demagogo. Con mucha verborrea. Con cero responsabilidad pública. Pero, cuando sucede un hecho de calado social, las costuras de sus argumentos quedan en evidencia. No se basan en la gestión de la realidad y siempre dependen de la afinidad con quien protagoniza la noticia. Porque no hay periodismo, hay proclama. Son los mercaderes de la agitación colectiva. Los que nunca dudan. Los que hablan con una épica belicista perversa. Los que sin la crispación no serían nada.
Estamos hiperinformados. O eso sentimos. Pero, a la vez, hemos descubierto que el hecho de que exista abundancia de información no significa que haya más y mejor información. Apenas hay más ruido ambiente. Porque dedicamos más horas a dar vueltas en la rotonda de la actualidad de lo que los hechos comprobados nos permiten. En las redes sociales y en la propia tele, que ha centrado sus parrillas en el debate sobre lo que pasa en las noticias. Sin embargo, el debate sobre lo que pasa en las noticias no siempre es periodismo: sobre todo es opinión.. Y si no hay certezas, pero hay que rellenar una programación entera con conversaciones improvisadas, la especulación que termina en conspiración se abre camino. Como consecuencia, el espectáculo del zasca va comiendo terreno a la crónica sosegada. Incluso se da alas a un ambiente radicalizado, que ha sido validado por este tono de tertulia del ‘y tú más’ que está todo el rato en un impostor tono de “vencedores y vencidos”. Cuando el periodismo auténtico es lo contrario: es la serenidad que explora contextos, perspectivas y empatías. La serenidad que pretende el compromiso colectivo de entender más que la epopeya individualista de «vencer».. El maestro de la televisión Chicho Ibáñez Serrador explicaba en un prólogo de su más mítico concurso, Un, dos, tres… responda otra vez, que al aumento de canales no iba unido a más diversidad de contenido. Al contrario, pronosticaba la homogeneización de la oferta. «Con tanta competencia y tanta guerra, todos los canales están llegando al mismo nivel». Lo que a priori funciona se replica y hay más temor a salirse del renglón marcado como forma de llegar donde otros ni se acercan.. A eso se une que los calores de la tertulia es contenido barato para colmar horas de emisión. Así la opinión irritada no nos da tregua en todas las pantallas. Pantallas que no soltamos, pues las llevamos en el bolsillo a través del teléfono móvil que se ha convertido en nuestra relación más fiel. Hasta nos metemos con el aparato en la cama.Y luego preguntamos por qué padecemos una sensación de agotamiento constante. Será que no desconectamos nunca. Cuando solo aislándonos del bullicio podremos procesar mejor todos los eslóganes que nos asaltan hasta aplastar la posibilidad de concentración en noticias desarrolladas, contextualizadas y matizadas.. Estamos aturullados mientras nos creemos seres informados. Una atmósfera adiestrada por los oligarcas tecnológicos para convertirnos en consumidores manipulables. Queremos siempre que nos den la razón como clientes de un gran almacén. Lo que ha propiciado que naturalicemos elegir defensores a periodistas. Incluso algunos gritan “hay que bloquear a tal periodista”. Solo porque hace bien su trabajo y entrena el pensamiento crítico.. Un estado de ánimo irascible que ha provocado que el reproche gane a la capacidad de diálogo. Hasta provocar la canonización del demagogo. Con mucha verborrea. Con cero responsabilidad pública. Pero, cuando sucede un hecho de calado social, las costuras de sus argumentos quedan en evidencia. No se basan en la gestión de la realidad y siempre dependen de la afinidad con quien protagoniza la noticia. Porque no hay periodismo, hay proclama. Son los mercaderes de la agitación colectiva. Los que nunca dudan. Los que hablan con una épica belicista perversa. Los que sin la crispación no serían nada.
