Hay familias que discuten en el salón de casa, y otras que lo hacen delante del mundo entero. Asistir a la ruptura pública entre Brooklyn y sus padres, David y Victoria Beckham, tiene algo profundamente incómodo, casi pornográfico: comunicados a golpe de like, silencios, bandos en redes y una pregunta: ¿quién es la mala? Una vez más, el machismo encuentra la forma de enfrentar a dos mujeres.
Brooklyn ha hablado desde el dolor y, por supuesto, merece respeto. Pero cuando un conflicto se expone sin matices ni autocrítica deja de ser solo una herida y se convierte en relato. Y el dominio del relato, hoy, es poder. Mientras, los Beckham han optado por algo casi subversivo en 2026: un silencio que en redes puede interpretarse como culpa, pero que es contención y seguir educando. Es no querer romper a un hijo.
Y aquí aparece Nicola Peltz, una figura alrededor de la cual se repiten ciertos patrones: multimillonaria desde la cuna, con evidente necesidad de fama, testimonios que la describen como conflictiva y una exposición constante. No son juicios, son hechos publicados. ¿Son simples anécdotas o algo más? ¿Anhelan Brooklyn y Nicola dejar de ser ‘los hijos de’? Es comprensible. Pero romper con la realeza pop siempre genera notoriedad. La tentación de convertirse en los nuevos Harry y Meghan planea sobre ellos: familia icónica, ruptura pública, victimismo y foco mediático asegurado con talón incluido.
Los Beckham son herméticos, controladores y una marca comercial en sí mismos. Sí. Pero coherentes. Durante décadas han demostrado que los trapos sucios se lavan en casa. Y Victoria podrá ser complicada, egocéntrica o exigente, pero hay dos cosas difíciles de discutir: es una mujer trabajadora y una madre que sufre por sus hijos. En una época obsesionada con monetizar emociones, conviene recordarlo: no hay nada más real, incómodo e irremplazable que la familia.
La tentación de que Brooklyn y Nicola se conviertan en los nuevos Harry y Meghan planea sobre ellos: familia icónica, ruptura pública, victimismo y foco mediático.
Hay familias que discuten en el salón de casa, y otras que lo hacen delante del mundo entero. Asistir a la ruptura pública entre Brooklyn y sus padres, David y Victoria Beckham, tiene algo profundamente incómodo, casi pornográfico: comunicados a golpe de like, silencios, bandos en redes y una pregunta: ¿quién es la mala? Una vez más, el machismo encuentra la forma de enfrentar a dos mujeres.. Brooklyn ha hablado desde el dolor y, por supuesto, merece respeto. Pero cuando un conflicto se expone sin matices ni autocrítica deja de ser solo una herida y se convierte en relato. Y el dominio del relato, hoy, es poder. Mientras, los Beckham han optado por algo casi subversivo en 2026: un silencio que en redes puede interpretarse como culpa, pero que es contención y seguir educando. Es no querer romper a un hijo.. Y aquí aparece Nicola Peltz, una figura alrededor de la cual se repiten ciertos patrones: multimillonaria desde la cuna, con evidente necesidad de fama, testimonios que la describen como conflictiva y una exposición constante. No son juicios, son hechos publicados. ¿Son simples anécdotas o algo más? ¿Anhelan Brooklyn y Nicola dejar de ser ‘los hijos de’? Es comprensible. Pero romper con la realeza pop siempre genera notoriedad. La tentación de convertirse en los nuevos Harry y Meghan planea sobre ellos: familia icónica, ruptura pública, victimismo y foco mediático asegurado con talón incluido.. Los Beckham son herméticos, controladores y una marca comercial en sí mismos. Sí. Pero coherentes. Durante décadas han demostrado que los trapos sucios se lavan en casa. Y Victoria podrá ser complicada, egocéntrica o exigente, pero hay dos cosas difíciles de discutir: es una mujer trabajadora y una madre que sufre por sus hijos. En una época obsesionada con monetizar emociones, conviene recordarlo: no hay nada más real, incómodo e irremplazable que la familia.
