Durante mucho tiempo se pensó que la Luna era un mundo completamente inerte, una roca fría y sin actividad geológica. Sin embargo, las investigaciones más recientes muestran que su interior experimenta cambios lentos. Uno de los procesos más importantes es el enfriamiento gradual del satélite. A medida que el calor interno se disipa con el paso de millones de años, los materiales del interior se contraen.. Ahora, la NASA comprueba que el diámetro de la Luna se ha reducido unos 50 metros a lo largo de los últimos cientos de millones de años. Y es que, aunque puede parecer una variación mínima si se compara con los más de 3.400 kilómetros de diámetro del satélite, incluso un cambio tan pequeño tiene consecuencias geológicas. Cuando el interior se contrae, la corteza debe adaptarse a ese ajuste de volumen.. El resultado es la aparición de arrugas tectónicas y estructuras conocidas como fallas de empuje. En estas zonas, una parte del terreno se desplaza sobre otra debido a la presión, formando escarpes que pueden extenderse varios kilómetros.. Grietas y ‘moonshakes’ en el Polo Sur. En 2019, un estudio basado en imágenes de alta resolución recopiladas por sondas orbitales identificó numerosos escarpes distribuidos por diferentes regiones de la Luna. Los investigadores observaron que muchos de ellos parecían jóvenes desde el punto de vista geológico, lo que sugería que la contracción del satélite no era solo un fenómeno del pasado remoto. Desde entonces, la idea de que la Luna se encoge lentamente se ha integrado en el consenso científico sobre su evolución geológica.. El interés por este fenómeno volvió a crecer en 2024, cuando otro estudio analizó con más detalle la región del polo sur lunar. Este lugar tiene un enorme valor estratégico para la exploración espacial, ya que alberga varios de los puntos de aterrizaje para futuras misiones tripuladas. El análisis detectó indicios de fallas y deformaciones del terreno en zonas cercanas a algunos de esos sitios potenciales.. La presencia de fallas relativamente recientes sugiere que algunas áreas podrían experimentar pequeñas sacudidas o movimientos del terreno. Esto resulta especialmente relevante cuando se trata de enviar astronautas y construir instalaciones permanentes.. Estas sacudidas reciben el nombre de moonquakes o terremotos lunares. Aunque la Luna no posee tectónica de placas como la Tierra, sí puede experimentar movimientos sísmicos provocados por tensiones internas, impactos de meteoritos o incluso por las fuerzas gravitatorias que ejercen la Tierra y el Sol.. El riesgo para las misiones espaciales. Los registros históricos obtenidos por los sismómetros instalados durante las misiones Apollo revelaron que algunos de estos eventos pueden ser sorprendentemente prolongados. Mientras que un terremoto terrestre suele durar segundos o minutos, ciertos sismos lunares pueden prolongarse durante varias horas.. En algunos casos, las magnitudes estimadas de estos movimientos alcanzan valores cercanos a cinco grados en la escala de Richter, una cifra que podría ser suficiente para desestabilizar materiales sueltos de la superficie. La capa de polvo y fragmentos de roca que cubre la Luna, conocida como regolito, puede desplazarse con las vibraciones. Esto aumenta el riesgo de pequeños deslizamientos en zonas con pendientes.. El polo sur lunar presenta precisamente un terreno irregular, lleno de cráteres y laderas abruptas. Pero, como se mencionó anteriormente, es una de las regiones más atractivas para la exploración humana. En varios de sus cráteres existen áreas que nunca reciben luz solar directa. Esos lugares podrían contener depósitos de hielo de agua que se han conservado durante miles de millones de años.. Este recurso sería fundamental para cualquier proyecto de presencia humana prolongada, ya que podría utilizarse para consumo, para producir oxígeno o incluso para fabricar combustible.
Durante mucho tiempo se pensó que la Luna era un mundo completamente inerte, una roca fría y sin actividad geológica. Sin embargo, las investigaciones más recientes muestran que su interior experimenta cambios lentos. Uno de los procesos más importantes es el enfriamiento gradual del satélite. A medida que el calor interno se disipa con el paso de millones de años, los materiales del interior se contraen.
Ahora, la NASA comprueba que el diámetro de la Luna se ha reducido unos 50 metros a lo largo de los últimos cientos de millones de años. Y es que, aunque puede parecer una variación mínima si se compara con los más de 3.400 kilómetros de diámetro del satélite, incluso un cambio tan pequeño tiene consecuencias geológicas. Cuando el interior se contrae, la corteza debe adaptarse a ese ajuste de volumen.
El resultado es la aparición de arrugas tectónicas y estructuras conocidas como fallas de empuje. En estas zonas, una parte del terreno se desplaza sobre otra debido a la presión, formando escarpes que pueden extenderse varios kilómetros.
Grietas y ‘moonshakes’ en el Polo Sur
En 2019, un estudio basado en imágenes de alta resolución recopiladas por sondas orbitales identificó numerosos escarpes distribuidos por diferentes regiones de la Luna. Los investigadores observaron que muchos de ellos parecían jóvenes desde el punto de vista geológico, lo que sugería que la contracción del satélite no era solo un fenómeno del pasado remoto. Desde entonces, la idea de que la Luna se encoge lentamente se ha integrado en el consenso científico sobre su evolución geológica.
El interés por este fenómeno volvió a crecer en 2024, cuando otro estudio analizó con más detalle la región del polo sur lunar. Este lugar tiene un enorme valor estratégico para la exploración espacial, ya que alberga varios de los puntos de aterrizaje para futuras misiones tripuladas. El análisis detectó indicios de fallas y deformaciones del terreno en zonas cercanas a algunos de esos sitios potenciales.
La presencia de fallas relativamente recientes sugiere que algunas áreas podrían experimentar pequeñas sacudidas o movimientos del terreno. Esto resulta especialmente relevante cuando se trata de enviar astronautas y construir instalaciones permanentes.
Estas sacudidas reciben el nombre de moonquakes o terremotos lunares. Aunque la Luna no posee tectónica de placas como la Tierra, sí puede experimentar movimientos sísmicos provocados por tensiones internas, impactos de meteoritos o incluso por las fuerzas gravitatorias que ejercen la Tierra y el Sol.
El riesgo para las misiones espaciales
Los registros históricos obtenidos por los sismómetros instalados durante las misiones Apollo revelaron que algunos de estos eventos pueden ser sorprendentemente prolongados. Mientras que un terremoto terrestre suele durar segundos o minutos, ciertos sismos lunares pueden prolongarse durante varias horas.
En algunos casos, las magnitudes estimadas de estos movimientos alcanzan valores cercanos a cinco grados en la escala de Richter, una cifra que podría ser suficiente para desestabilizar materiales sueltos de la superficie. La capa de polvo y fragmentos de roca que cubre la Luna, conocida como regolito, puede desplazarse con las vibraciones. Esto aumenta el riesgo de pequeños deslizamientos en zonas con pendientes.
El polo sur lunar presenta precisamente un terreno irregular, lleno de cráteres y laderas abruptas. Pero, como se mencionó anteriormente, es una de las regiones más atractivas para la exploración humana. En varios de sus cráteres existen áreas que nunca reciben luz solar directa. Esos lugares podrían contener depósitos de hielo de agua que se han conservado durante miles de millones de años.
Este recurso sería fundamental para cualquier proyecto de presencia humana prolongada, ya que podría utilizarse para consumo, para producir oxígeno o incluso para fabricar combustible.
