Cuando el incendio comenzó a avanzar hacia Casillas, decenas de vecinos de este pueblo de Ávila decidieron quedarse para defenderlo y colaborar en las labores de extinción. Aunque las autoridades recomendaron abandonar la zona más comprometida, muchos optaron por permanecer junto a sus casas y ayudar a abrir cortafuegos, retirar combustible vegetal y proteger el municipio con los medios que tenían a su alcance. Días después, con las llamas ya controladas, recuerdan aquellos momentos con una mezcla de orgullo, tristeza e incertidumbre por el futuro de una sierra que consideran parte de su vida.. Uno de esos voluntarios ha sido Juan Carlos, quien asegura que nunca olvidará la velocidad con la que el incendio avanzaba por las copas de los árboles. «Bajamos a hacer un cortafuegos y gracias a eso nos salvamos, porque cuando subimos el fuego ya había pasado por donde estábamos», recuerda. En línea similar, Pedro rememora el momento en el que las llamas se encaminaban hacia el Collao. «Era un ruido envolvente y espantoso. No sabíamos si eran motosierras, desbrozadoras o bulldozers», explica. Jesús, por su parte, confiesa que lo que más le preocupa es el futuro del monte: «Todas las mañanas paseaba por aquí con mi perro y no lo veo nada claro».. La falta de coordinación durante las primeras horas de la tragedia es una de las críticas que repiten quienes participaron en la extinción. Luis Miguel asegura que en la zona del Collao de las Vacas se encontraron «prácticamente solos», sin una dirección clara y con pocos medios para contener un fuego que terminó por superarles. «Tuvimos que salir corriendo porque no podíamos con él», afirma. «Aquí no ha venido nadie a ayudarnos hasta dos días después del fuego», continúa, sobre una situación que, en su opinión, contribuyó a que el incendio terminara convirtiéndose en «una ruina para el pueblo de Casillas».. Pese al duro golpe, todos coinciden en que lo más importante ha sido evitar la pérdida de vidas humanas. Ismael recuerda con angustia la noche en la que el incendio amenazó el pueblo y reconoce: «Pensamos que podía pasar cualquier cosa». Celebra que no haya habido víctimas mortales y considera que ese es el único consuelo que deja esta catástrofe. Para Francisco, este incendio marcará «un antes y un después»: «Nuestros hijos ya no van a conocer el entorno que nosotros hemos vivido».. A unos doce kilómetros, en La Adrada, el escenario es similar, informa Alejandro Herrera. Los voluntarios del pueblo se mueven de punta a punta siguiendo los avisos que lanzan quienes monitorizan el lugar desde las zonas altas cuando detectan humo. Las horas las pasan así entre las batidas que organizan para repasar posibles focos y el punto de control, situado en la Plaza del Riñón. Aquí es donde comen, cenan y recogen víveres.. Los trabajos se centran en intentar refrescar las zonas calientes y en apagar las llamas de los árboles que aún arden. «El peligro está en que se caigan. Y también en los agujero que hay en el suelo ocultos bajo las cenizas», cuenta uno de esos voluntarios.. Hay gente que tuvo las llamas a tres metros de casa. La situación durante este martes ha sido más tranquila que la de los últimos días pero están muy lejos de recuperar la normalidad. Todavía huele a humo aunque la visibilidad ha mejorado respecto a otras jornadas y las viviendas se han salvado. Pero el paisaje es desolador: casi todas las fincas que rodean el municipio sí han ardido. «Esto va a tardar mucho en recuperarse. La noche del sábado fue un infierno. Hay gente que tuvo las llamas a tres metros de casa», lamenta otro de los vecinos.. La devastación es visible en cada rincón del monte, pero también en las palabras de quienes han crecido entre esos pinares. «No sé qué se van a encontrar mis nietas cuando vuelvan», lamenta Ismael, mientras observa un paisaje completamente negro desde Casillas. Otro de los voluntarios de este pueblo, Francisco, resume el impacto del incendio con una frase que refleja el sentimiento general: «Pasamos del verde al negro en apenas cinco minutos». Finalmente, José Ramón deja una reflexión compartida por muchos de los voluntarios: «Creemos que manejamos la naturaleza, pero al final ella hace y deshace». Una idea que resume el aprendizaje que deja una de las mayores tragedias ambientales que ha vivido España.
Los vecinos que plantaron cara al incendio para intentar salvar su pueblo recuerdan el miedo vivido, la falta de coordinación en las primeras horas y un paisaje que tardará décadas en recuperarse
Cuando el incendio comenzó a avanzar hacia Casillas, decenas de vecinos de este pueblo de Ávila decidieron quedarse para defenderlo y colaborar en las labores de extinción. Aunque las autoridades recomendaron abandonar la zona más comprometida, muchos optaron por permanecer junto a sus casas y ayudar a abrir cortafuegos, retirar combustible vegetal y proteger el municipio con los medios que tenían a su alcance. Días después, con las llamas ya controladas, recuerdan aquellos momentos con una mezcla de orgullo, tristeza e incertidumbre por el futuro de una sierra que consideran parte de su vida.. Uno de esos voluntarios ha sido Juan Carlos, quien asegura que nunca olvidará la velocidad con la que el incendio avanzaba por las copas de los árboles. «Bajamos a hacer un cortafuegos y gracias a eso nos salvamos, porque cuando subimos el fuego ya había pasado por donde estábamos», recuerda. En línea similar, Pedro rememora el momento en el que las llamas se encaminaban hacia el Collao. «Era un ruido envolvente y espantoso. No sabíamos si eran motosierras, desbrozadoras o bulldozers», explica. Jesús, por su parte, confiesa que lo que más le preocupa es el futuro del monte: «Todas las mañanas paseaba por aquí con mi perro y no lo veo nada claro».. La falta de coordinación durante las primeras horas de la tragedia es una de las críticas que repiten quienes participaron en la extinción. Luis Miguel asegura que en la zona del Collao de las Vacas se encontraron «prácticamente solos», sin una dirección clara y con pocos medios para contener un fuego que terminó por superarles. «Tuvimos que salir corriendo porque no podíamos con él», afirma. «Aquí no ha venido nadie a ayudarnos hasta dos días después del fuego», continúa, sobre una situación que, en su opinión, contribuyó a que el incendio terminara convirtiéndose en «una ruina para el pueblo de Casillas».. Pese al duro golpe, todos coinciden en que lo más importante ha sido evitar la pérdida de vidas humanas. Ismael recuerda con angustia la noche en la que el incendio amenazó el pueblo y reconoce: «Pensamos que podía pasar cualquier cosa». Celebra que no haya habido víctimas mortales y considera que ese es el único consuelo que deja esta catástrofe. Para Francisco, este incendio marcará «un antes y un después»: «Nuestros hijos ya no van a conocer el entorno que nosotros hemos vivido».. Refrescar las zonas calientes. A unos doce kilómetros, en La Adrada, el escenario es similar, informa Alejandro Herrera. Los voluntarios del pueblo se mueven de punta a punta siguiendo los avisos que lanzan quienes monitorizan el lugar desde las zonas altas cuando detectan humo. Las horas las pasan así entre las batidas que organizan para repasar posibles focos y el punto de control, situado en la Plaza del Riñón. Aquí es donde comen, cenan y recogen víveres.. Los trabajos se centran en intentar refrescar las zonas calientes y en apagar las llamas de los árboles que aún arden. «El peligro está en que se caigan. Y también en los agujero que hay en el suelo ocultos bajo las cenizas», cuenta uno de esos voluntarios.. Hay gente que tuvo las llamas a tres metros de casa. La situación durante este martes ha sido más tranquila que la de los últimos días pero están muy lejos de recuperar la normalidad. Todavía huele a humo aunque la visibilidad ha mejorado respecto a otras jornadas y las viviendas se han salvado. Pero el paisaje es desolador: casi todas las fincas que rodean el municipio sí han ardido. «Esto va a tardar mucho en recuperarse. La noche del sábado fue un infierno. Hay gente que tuvo las llamas a tres metros de casa», lamenta otro de los vecinos.. La devastación es visible en cada rincón del monte, pero también en las palabras de quienes han crecido entre esos pinares. «No sé qué se van a encontrar mis nietas cuando vuelvan», lamenta Ismael, mientras observa un paisaje completamente negro desde Casillas. Otro de los voluntarios de este pueblo, Francisco, resume el impacto del incendio con una frase que refleja el sentimiento general: «Pasamos del verde al negro en apenas cinco minutos». Finalmente, José Ramón deja una reflexión compartida por muchos de los voluntarios: «Creemos que manejamos la naturaleza, pero al final ella hace y deshace». Una idea que resume el aprendizaje que deja una de las mayores tragedias ambientales que ha vivido España.
