Los Vosgos son viejos y planos, montañas de vacas que dan leche Comté, no de cabras, y en sus entrañas, rodeada de ballons erosionados y redondeados, montes como globos — el Grand Ballon, el de Alsacia que huellan en aperitivo el viernes a rueda del gremlin Pidcock, o el Petit–, se esconde una de las subidas más temidas, una emboscada en forma de carril bici recién asfaltado de negro, estrecho como el código, llamado col del Haag. Son 11,2 kilómetros irregulares al 7,3%, y una curva única, horquilla cerrada, marcada por un tótem bautizado Hibou por el artista que talló el haya de su madera, y una lechuza carcomida vigilante, que el lunes 4 de mayo a las siete de una mañana apenas amanecida, entre la bruma apenas visible, enamoró a Pogacar, que visitaba por primera vez los lugares en compañía de su amigo Del Toro. “Aquí me quedaría a vivir”, pudo decir el esloveno residente en Mónaco, tanto le enamoró el paraje en el que el Tour más cálido inicia este sábado su fase más salvaje.. Seguir leyendo
Los Vosgos son viejos y planos, montañas de vacas que dan leche Comté, no de cabras, y en sus entrañas, rodeada de ballons erosionados y redondeados, montes como globos — el Grand Ballon, el de Alsacia que huellan en aperitivo el viernes a rueda del gremlin Pidcock, o el Petit–, se esconde una de las subidas más temidas, una emboscada en forma de carril bici recién asfaltado de negro, estrecho como el código, llamado col del Haag. Son 11,2 kilómetros irregulares al 7,3%, y una curva única, horquilla cerrada, marcada por un tótem bautizado Hibou por el artista que talló el haya de su madera, y una lechuza carcomida vigilante, que el lunes 4 de mayo a las siete de una mañana apenas amanecida, entre la bruma apenas visible, enamoró a Pogacar, que visitaba por primera vez los lugares en compañía de su amigo Del Toro. “Aquí me quedaría a vivir”, pudo decir el esloveno residente en Mónaco, tanto le enamoró el paraje en el que el Tour más cálido inicia este sábado su fase más salvaje.. Juan Ayuso, impaciente, sonríe –“ya empieza el Tour de verdad”, dice, “hemos tenido que esperar a la etapa 14º…”-, pero no tanto como el suizo Mauro Schmid, que hasta intenta hacer un caballito con su bici –herencia de su pasado de biker—cuando supera sobre la línea de meta en Belfort al colombiano Harold Tejada Canacúe, de Pitalito, Huila, con quien se jugaba la victoria mano a mano.. Llega el viernes pelotón a los Vosgos sobrecalentados, donde, inesperadamente, interpretan un clásico a toda velocidad. La única etapa de más de 200 kilómetros (y 2.400 metros de desnivel positivo) la meriendan a cuatro horas y un pico, a 49,999 kilómetros a la hora, y Pogacar silbando. En la fuga masiva, motín carcelario casi, que llegó a ser de 57, Pidcock (11m 49s), que quiere ganar la etapa, y llega tercero, pero se recoloca en la general, y dos del UAE, Wellens y McNulty, que siembran cizaña y ahorran trabajo a sus compañeros: cuando su ventaja pasa de seis minutos y el inglés amenaza a los chavales del podio –Remco, Ayuso, Vingegaard, Lipowitz—son los Lidl y los RedBull los que sudan y ponen el pecho al viento que su velocidad levantan para guiar al pelotón. No pueden evitar finalmente que Pidcock acumule 7m 34s a su favor y ascienda a cuarto en la general, infiltrado entre Evenepoel y Ayuso, uno más en el pelotoncillo de los que quieren ser segundo.. Los corredores vigilan en sus bicis sus vatios, los latidos de su corazón hipertrofiado y la temperatura de su cuerpo para regular sus esfuerzos, comerse sus carbohidratos como robots y mojarse con agua helada cabeza y piernas para bajar su fiebre como se hace con los niños en una bañera cuando llegan a 40. Los camineros de obras públicas tiñen de blanco con cal el asfalto negro negro en las zonas en las que más machaca el sol: el negro atrae el calor y si el firme alcanza los 70 grados la brea que une la gravilla se hace líquida y pringosa. De blanco el sol rebota. Pidcock se queja porque la cal resbala y se cae, pero bien le dice que peor sería que sus neumáticos se quedaran pegados en el pringue del asfalto no ya tan firme.. Todo parece muy alejado de los tiempos aún recientes en los que se ensalzaba el instinto de los campeones, el entrenamiento por sensaciones, la pájara como único rival, pero siempre es ciclismo, siempre es lo mismo, gana la inteligencia y sabiduría de quienes después de sobrevivir todas las destilaciones impuestas en la fuga por los tirones de unos y otros, el calor y la disolución en las cuestas tendidas del Ballon de Alsacia, aprovechan el tiempo muerto en el descenso para a contrapié, como enseñan en las escuelas, conseguir eso tan complicado de ser los primeros que lanzan el último ataque. Mientras Tejada y Schmid pactan tácitamente jugarse la etapa al sprint y colaboran, detrás, los otros ocho supervivientes, se vigilan y se frenan.. Lanza pronto Tejada el sprint. Las fuerzas se le acaban a cinco metros de la meta. Pierde la etapa en la que el pelotón volvió a ser democrático. La tiranía regresa el sábado disfrazada de alegría. “Va a ser un día muy duro en los Vosgos. Grandes montañas. Y me refiero a montañas grandes, de las que molan de verdad”, amenaza Pogacar, y le brillan los ojos anticipando el placer que gozará. “Ojalá ataque Vingegaard. Podría ser, sí. Tendrá mucho margen para eso, pero espero que podamos marcar un buen ritmo que no se lo ponga fácil. Será una etapa muy divertida. Que nadie se la pierda en la tele”.. Encajonados en 68 segundos, seis corredores pelean por el podio tras Pogacar, lo que pone de los nervios al esloveno, que se hace el incrédulo. “Me da un poco de pena que alguien piense que solo puede luchar por ser segundo”, dice, con aire transcendente el ciclista que ahoga las esperanzas. “Creo que en el Tour, en una Gran Vuelta, sobre todo cuando tienes un equipo fuerte a tu alrededor y hay tantas posibilidades, siempre tienes que aspirar a lo mejor y esperar la victoria. Y sí, esa es mi opinión”.. Ayuso es uno de ellos, y solo emite señales positivas. Así dicen en su equipo, el Lidl que lidera después de sus tormentosos años a la sombra de Pogacar en el UAE y donde le ven cada día mejor no tanto físicamente como mentalmente, integrado, maduro y líder. “Ya hasta acepta que otros puedan tener razón en algo”, ironiza un miembro del staff del equipo alemán. “Admite que se puede equivocar. Ya no es un niño caprichoso”. El último español en el podio del Tour fue Alejandro Valverde, tercero hace 11 años.
