El recuerdo de Clara es un susurro en la Nuca. Un instante de pianos y poemas, con voces amigas, algunas guitarras, percusiones digitales, versos orgánicos. Hi ha un moment que som immenses abre el disco, como un susurro que recorre la habitación, la exhalación del piano que, hermética, no necesita de las palabras para declararse incontinente ante la música. Una ligera sucesión de sonidos, rítmicos y sintéticos, de elevan al final y enlazan con Cambiar la danza, de arrabal y juguete, las teclas nos ofrecen versos: «Desde que no te veo/pasan tantas cosas/los peces lloran/las cabras brotan», fonemas de la lija de El Niño de Elche, arrancando un alma dura. Bellísimo el instante, acudo hacia Veo incendios, en esa semántica de mar que habla de ojos y fiebre, con color de incendio, la voz de Carmen Aciar, programaciones y ese corazón al ritmo del bombo leguero, como cuando la hija de la lágrima trajo al mundo a Mercedes Sosa. Piano al modo de Spinetta Jade para pasar al nilon de guitarra En boca del vent, con la voz folk de Henrio. Como en los tiempos de Joan Miquel Oliver, es un cortejo de cirros enhebrado, entre acústica y piano.. Llegamos a La vanidad, con la templanza del aceite, el hollín de la mina, es una ciudad de estrellas donde habita Rita Payés, sin luz y con chacales (y otros lobos, en la puerta, en las puertas del lugar), con electrónica minimal, deslizándose como el resto de una escarcha que, fundida, acaba en el fuego. De ahí La palabra justa, el primer con SOCA, casi una versión de cuento infantil, entre la demencia y el olvido, con burbujas rítmicas, mudando de piel, el instinto se esconde entre La pedra i el camí, folk de ozono con la mística de los elementales, junto al cauce, desde la garganta de la poeta y compositora Anna Andreu. Un interludio de roca y Alhucemas, Porvenir كی para colocarse, desde el efluvio urbano al tiempo de la soledad en Solo existe una verdad con la voz de Nora Navarro.. Es este disco un camino delicado, interior, capítulos o pisos, cartas o melodías, seres de lejanías, contradictorios, como el alma y la mortalidad. El salón se ilumina con L’espiga del dol (que creix quan vol), entre Pau Riba y el eco de Adrianne Lenker. Dragones hambrientos que esperan su turno al final del río, cuando el recuerdo nos devuelve a Me olvidé del mar, contemplación en el tono, una copa de vino, el fraseo mediterráneo de Aina Zanoguera para pedir espacio a La voces, manos, hierro, locura en el huracán. Suena a Mercedes Sosa, a Claudia Puyó… al Bajo Belgrano y los niños que miran al cielo, todas esas hojas que son del viento, cómo se eleva el arreglo de voz de Alan Da Silva, que tiene algo de tropicalismo inerte. Sígueme hacia la ruta final, la de Llum blanca con Judit Nedderman, que ya había colaborado con Clara anteriormente, la lentitud lírica de Queralt Lahoz o María Bethania. Sonidos que se quiebran, prometiendo silencio y ofreciendo epifanías, con WILL MAS, metiendo un poco de sala de baile, de retazos sintéticos, en líneas que se superponen a la melodía de piano, alejados del pop, pero sin salir a la noche cerrada. Estamos llegando al final, con Cien vidas. Ahora con la voz de Juan Quintero. En esa manera de Sui Generis, de la belleza de Luis Eduardo Aute, minimalismo que esconde una complejidad que exige una dotación sensitiva extra. Cierra con La nuca. “Entre la pistola y el disparo estás tú”. Una voz que se cobija, en un confeti de besos. Este siglo ha agotado todos los valses disponibles. A partir de ahora deberemos improvisar
El recuerdo de Clara es un susurro en la Nuca. Un instante de pianos y poemas, con voces amigas, algunas guitarras, percusiones digitales, versos orgánicos. Hi ha un moment que som immenses abre el disco, como un susurro que recorre la habitación, la exhalación del piano que, hermética, no necesita de las palabras para declararse incontinente ante la música. Una ligera sucesión de sonidos, rítmicos y sintéticos, de elevan al final y enlazan con Cambiar la danza, de arrabal y juguete, las teclas nos ofrecen versos: «Desde que no te veo/pasan tantas cosas/los peces lloran/las cabras brotan», fonemas de la lija de El Niño de Elche, arrancando un alma dura. Bellísimo el instante, acudo hacia Veo incendios, en esa semántica de mar que habla de ojos y fiebre, con color de incendio, la voz de Carmen Aciar, programaciones y ese corazón al ritmo del bombo leguero, como cuando la hija de la lágrima trajo al mundo a Mercedes Sosa. Piano al modo de Spinetta Jade para pasar al nilon de guitarra En boca del vent, con la voz folk de Henrio. Como en los tiempos de Joan Miquel Oliver, es un cortejo de cirros enhebrado, entre acústica y piano.. Llegamos a La vanidad, con la templanza del aceite, el hollín de la mina, es una ciudad de estrellas donde habita Rita Payés, sin luz y con chacales (y otros lobos, en la puerta, en las puertas del lugar), con electrónica minimal, deslizándose como el resto de una escarcha que, fundida, acaba en el fuego. De ahí La palabra justa, el primer con SOCA, casi una versión de cuento infantil, entre la demencia y el olvido, con burbujas rítmicas, mudando de piel, el instinto se esconde entre La pedra i el camí, folk de ozono con la mística de los elementales, junto al cauce, desde la garganta de la poeta y compositora Anna Andreu. Un interludio de roca y Alhucemas, Porvenir كی para colocarse, desde el efluvio urbano al tiempo de la soledad en Solo existe una verdad con la voz de Nora Navarro.. Es este disco un camino delicado, interior, capítulos o pisos, cartas o melodías, seres de lejanías, contradictorios, como el alma y la mortalidad. El salón se ilumina con L’espiga del dol (que creix quan vol), entre Pau Riba y el eco de Adrianne Lenker. Dragones hambrientos que esperan su turno al final del río, cuando el recuerdo nos devuelve a Me olvidé del mar, contemplación en el tono, una copa de vino, el fraseo mediterráneo de Aina Zanoguera para pedir espacio a La voces, manos, hierro, locura en el huracán. Suena a Mercedes Sosa, a Claudia Puyó… al Bajo Belgrano y los niños que miran al cielo, todas esas hojas que son del viento, cómo se eleva el arreglo de voz de Alan Da Silva, que tiene algo de tropicalismo inerte. Sígueme hacia la ruta final, la de Llum blanca con Judit Nedderman, que ya había colaborado con Clara anteriormente, la lentitud lírica de Queralt Lahoz o María Bethania. Sonidos que se quiebran, prometiendo silencio y ofreciendo epifanías, con WILL MAS, metiendo un poco de sala de baile, de retazos sintéticos, en líneas que se superponen a la melodía de piano, alejados del pop, pero sin salir a la noche cerrada. Estamos llegando al final, con Cien vidas. Ahora con la voz de Juan Quintero. En esa manera de Sui Generis, de la belleza de Luis Eduardo Aute, minimalismo que esconde una complejidad que exige una dotación sensitiva extra. Cierra con La nuca. “Entre la pistola y el disparo estás tú”. Una voz que se cobija, en un confeti de besos. Este siglo ha agotado todos los valses disponibles. A partir de ahora deberemos improvisar
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