20MINUTOS.ES – Televisión
“Yo siempre digo que nací un 18 de septiembre de un año… maravilloso. El año ya…”. Rocío Jurado esquivaba la pregunta de la edad a Julia Otero en el programa Un paseo por el tiempo. El propio nombre del espacio requería la fecha de origen para trazar la historia del personaje y las circunstancias del mundo que habitaba. “Es 1946”, susurró Julia Otero para no fastidiar la coquetería de la cantante. Aunque, en realidad, Rocío estaba extraviando tres años del calendario de su existencia. Era su modus operandi habitual.. La propia Rosa Benito explicaba la táctica en la presentación del libro de Valeria Vegas, Tan Flamencas, “Como siempre le iban a poner alguno de más, Rocío siempre decía que se quitaba unos años para que saliera una cifra realista a las malas lenguas”. Buena estrategia que, también, escondía las opresiones de aquella sociedad machista que llamaba a las mujeres por un diminutivo (Estrellita, Conchita, Encarnita…) y las obligaba a parecer eternamente jóvenes para ser aceptadas.. El perverso edadismo se hacía fuerte en un sexismo dando la palmadita en la espalda de las mujeres con el paternalismo de lo pequeño y flojo. Pero, cuando los focos se prendían, Rocío Jurado era la antítesis de las condescendencias de las abreviaturas. Su arrolladora actitud escénica transmitía la fuerza de la libertad hasta cuando no cantaba. Su mirada a cámara desafiaba nuestros prejuicios. Sus vestidos desabrochaban los corsés de la moral. Y sus canciones, ay sus canciones, empezaban a hablar de todo lo que podíamos sentir. Y la España en blanco y negro no permitía. Lo siento mi amor, Ese hombre, Señora.. Rocío se atrevió a interpretar, con sus silencios, con sus suspiros, con sus arrebatos, letras que retrataban las emociones que nos unen hasta cuando nos separan. El despecho, la ilusión, el escapar para encontrar tu sitio. “Lo siento, mi amor, pero ya me cansa de fingir. Y pretendo acabar de una vez para siempre esta farsa”.. Las mujeres acababan con el dicho de “calladitas están más guapas”. La tiranía de la “discreción” empezaba a dejar de camuflarse en virtud. Bajo las luces de colores, frente al público, su público, Rocío era Rocío con todas las consecuencias. Pero cuando se terminaba el show, la cultura machista volvía a apretar. Había que morderse la lengua porque el miedo al qué dirán se atrincheraba en las amenazas de la cotidianidad. Había que restar años al DNI, como coraza a los que sentenciaban. Envejecer era sentirte un trasto amortizado. El escenario era un refugio donde poder cambiar el mundo habitando canciones que también te cambiaban a ti. Músicas que nos hacen sentir reconocidos, que te permiten percatarte de que no eres el único. Incluso fantasear bailándote. La música siempre permite que hasta lo más duro suene con el impulso de la esperanza.
“Yo siempre digo que nací un 18 de septiembre de un año… maravilloso. El año ya…”. Rocío Jurado esquivaba la pregunta de la edad a Julia Otero en el programa Un paseo por el tiempo. El propio nombre del espacio requería la fecha de origen para trazar la historia del personaje y las circunstancias del mundo que habitaba. “Es 1946”, susurró Julia Otero para no fastidiar la coquetería de la cantante. Aunque, en realidad, Rocío estaba extraviando tres años del calendario de su existencia. Era su modus operandi habitual.. La propia Rosa Benito explicaba la táctica en la presentación del libro de Valeria Vegas, Tan Flamencas, “Como siempre le iban a poner alguno de más, Rocío siempre decía que se quitaba unos años para que saliera una cifra realista a las malas lenguas”. Buena estrategia que, también, escondía las opresiones de aquella sociedad machista que llamaba a las mujeres por un diminutivo (Estrellita, Conchita, Encarnita…) y las obligaba a parecer eternamente jóvenes para ser aceptadas.. El perverso edadismo se hacía fuerte en un sexismo dando la palmadita en la espalda de las mujeres con el paternalismo de lo pequeño y flojo. Pero, cuando los focos se prendían, Rocío Jurado era la antítesis de las condescendencias de las abreviaturas. Su arrolladora actitud escénica transmitía la fuerza de la libertad hasta cuando no cantaba. Su mirada a cámara desafiaba nuestros prejuicios. Sus vestidos desabrochaban los corsés de la moral. Y sus canciones, ay sus canciones, empezaban a hablar de todo lo que podíamos sentir. Y la España en blanco y negro no permitía. Lo siento mi amor, Ese hombre, Señora.. Rocío se atrevió a interpretar, con sus silencios, con sus suspiros, con sus arrebatos, letras que retrataban las emociones que nos unen hasta cuando nos separan. El despecho, la ilusión, el escapar para encontrar tu sitio. “Lo siento, mi amor, pero ya me cansa de fingir. Y pretendo acabar de una vez para siempre esta farsa”.. Las mujeres acababan con el dicho de “calladitas están más guapas”. La tiranía de la “discreción” empezaba a dejar de camuflarse en virtud. Bajo las luces de colores, frente al público, su público, Rocío era Rocío con todas las consecuencias. Pero cuando se terminaba el show, la cultura machista volvía a apretar. Había que morderse la lengua porque el miedo al qué dirán se atrincheraba en las amenazas de la cotidianidad. Había que restar años al DNI, como coraza a los que sentenciaban. Envejecer era sentirte un trasto amortizado. El escenario era un refugio donde poder cambiar el mundo habitando canciones que también te cambiaban a ti. Músicas que nos hacen sentir reconocidos, que te permiten percatarte de que no eres el único. Incluso fantasear bailándote. La música siempre permite que hasta lo más duro suene con el impulso de la esperanza.
