20MINUTOS.ES – Televisión
La mayor parte de los programas de televisión se parecen demasiado. Hasta cuando son distintos. El problema reside en la pérdida de potestad de la figura del director. Antes, el responsable máximo del programa era creador del espacio. Los líderes de las cadenas confiaban en los autores desarrollar un show, un concurso, una serie o un magacín. Ahora, en cambio, son los propios canales a través de la figura del productor quienes toman esta decisión. Así se homogeneiza la oferta porque se trasladan los mismos miedos en toda la programación.. Antes Chicho Ibáñez Serrador dirigia el Un, dos, tres… y tenía la credibilidad para elegir a Mayra Gómez Kemp. Antes Lolo Rico dirigía La bola de Cristal y atesoraba la autoridad para elegir a todos los artistas de su programa y lanzarse a la creatividad de sus apuestas. Así se creaba una radiografía atrevida de la sociedad desde un programa infantil. Hoy los elegidos para salir en la tele deben pasar la criba implacable de los mandamases de las televisiones. Así solo vemos a mismos personajes populares. Porque se piensa que todos deben de ser reconocidos por el público de las cadenas. Error, pues la tele es sobre todo descubrir.. Y la experiencia del descubrimiento se consigue si brota una autoría detrás, que permite que el espectador te vea no solo por una exclusiva puntual o por una Rosalía como invitada, sino porque tu programa cuenta con un carisma tan especial que te invita a acudir cada día en busca de su propuesta. Pero no hay demasiado tiempo para pensar ideas originales. Estamos rodeados de formatos aglosajones que repiten fórmulas con distinto nombre y presentador. Y, claro, el público se convierte en olvidadizo. Y la tele en menos tele. Normal que nos sorprenda el prendido de la Sagrada Familia: porque había creatividad soñada, reflexionada y elaborada con un arco narrativo propio. Porque hay una dirección artística, a cargo de Igor Cortadella, a la que las instituciones han permitido hacer.. La tele debería también ser eso. La tele debería dejar leer a la sociedad atreviéndose a fiarse de una pluralidad de creadores. Como sucedía antaño. Los empresarios ordenan números, egos y utopías, sí, Pero, también, permiten a los artistas sentirse protegidos para lanzarse a las ideas que te van a hacer trascender. Las ideas que nos cambian porque nos permiten soñar en grande y romper con los miedos que solo eran mentiras interiorizadas. Los miedos que nos homogeneizan. Los programas que recordaremos de hoy atesoran esa autoría del poder hacer sin que te coarten. Pero, por el camino, la tele se está perdiendo a creadores reales en una sociedad adanista y hedonista en la que todos ansían sentirse gurús del éxito. Aunque solo sean replicantes de mismas cuotas de temores que, en verdad, simplemente representan la poca imaginación a la que nos empuja la prisa de épocas aceleradas donde los prejuicios se hacen fuertes. Porque pensar requiere tiempo. Y confianza.. Una palabra en la que empieza todo: la confianza. Sentir como profesionales que confían en ti es el cimiento para que la audiencia vuelva a confiar en la televisión sintiéndose orgullosa de ella.
La mayor parte de los programas de televisión se parecen demasiado. Hasta cuando son distintos. El problema reside en la pérdida de potestad de la figura del director. Antes, el responsable máximo del programa era creador del espacio. Los líderes de las cadenas confiaban en los autores desarrollar un show, un concurso, una serie o un magacín. Ahora, en cambio, son los propios canales a través de la figura del productor quienes toman esta decisión. Así se homogeneiza la oferta porque se trasladan los mismos miedos en toda la programación.. Antes Chicho Ibáñez Serrador dirigia el Un, dos, tres… y tenía la credibilidad para elegir a Mayra Gómez Kemp. Antes Lolo Rico dirigía La bola de Cristal y atesoraba la autoridad para elegir a todos los artistas de su programa y lanzarse a la creatividad de sus apuestas. Así se creaba una radiografía atrevida de la sociedad desde un programa infantil. Hoy los elegidos para salir en la tele deben pasar la criba implacable de los mandamases de las televisiones. Así solo vemos a mismos personajes populares. Porque se piensa que todos deben de ser reconocidos por el público de las cadenas. Error, pues la tele es sobre todo descubrir.. Y la experiencia del descubrimiento se consigue si brota una autoría detrás, que permite que el espectador te vea no solo por una exclusiva puntual o por una Rosalía como invitada, sino porque tu programa cuenta con un carisma tan especial que te invita a acudir cada día en busca de su propuesta. Pero no hay demasiado tiempo para pensar ideas originales. Estamos rodeados de formatos aglosajones que repiten fórmulas con distinto nombre y presentador. Y, claro, el público se convierte en olvidadizo. Y la tele en menos tele. Normal que nos sorprenda el prendido de la Sagrada Familia: porque había creatividad soñada, reflexionada y elaborada con un arco narrativo propio. Porque hay una dirección artística, a cargo de Igor Cortadella, a la que las instituciones han permitido hacer.. La tele debería también ser eso. La tele debería dejar leer a la sociedad atreviéndose a fiarse de una pluralidad de creadores. Como sucedía antaño. Los empresarios ordenan números, egos y utopías, sí, Pero, también, permiten a los artistas sentirse protegidos para lanzarse a las ideas que te van a hacer trascender. Las ideas que nos cambian porque nos permiten soñar en grande y romper con los miedos que solo eran mentiras interiorizadas. Los miedos que nos homogeneizan. Los programas que recordaremos de hoy atesoran esa autoría del poder hacer sin que te coarten. Pero, por el camino, la tele se está perdiendo a creadores reales en una sociedad adanista y hedonista en la que todos ansían sentirse gurús del éxito. Aunque solo sean replicantes de mismas cuotas de temores que, en verdad, simplemente representan la poca imaginación a la que nos empuja la prisa de épocas aceleradas donde los prejuicios se hacen fuertes. Porque pensar requiere tiempo. Y confianza.. Una palabra en la que empieza todo: la confianza. Sentir como profesionales que confían en ti es el cimiento para que la audiencia vuelva a confiar en la televisión sintiéndose orgullosa de ella.
