Paul Seixas y Lorenzo Finn, sus compañeros de generación y peleas desde juveniles, ya pasan de correr con los sub-23, ya se sienten grandes, pero Héctor Álvarez, tan alto y espigado como paciente, vivo en carrera, inteligente a la fuerza y siempre agresivo, tenía una tarea pendiente: el ciclista de Alfàs del Pi, de 19 años aún, ha pisado todos los podios y puestos de honor de Mundiales y Europeos (una plata, en línea, y un bronce, en contrarreloj, en el Mundial sub-23; un bronce juvenil continental en el 25, cuarto y sexto mundial júnior en el 24 y el 25), pero nunca en lo más alto. Ni una medalla de oro, ni un maillot arcoiris, ni siquiera uno blanco con las estrellas europeas sobre cielo azul. Como si sintiera que solo podía dar el paso definitivo después de ganarse el derecho a llamarse campeón, ha esperado, ha aguantado en una categoría de edad a la que le falta definición, arrasada por la precocidad galopante, la epidemia de maduración temprana que afecta al ciclismo y a todos los deportes.. Seguir leyendo
Paul Seixas y Lorenzo Finn, sus compañeros de generación y peleas desde juveniles, ya pasan de correr con los sub-23, ya se sienten grandes, pero Héctor Álvarez, tan alto y espigado como paciente, vivo en carrera, inteligente a la fuerza y siempre agresivo, tenía una tarea pendiente: el ciclista de Alfàs del Pi, de 19 años aún, ha pisado todos los podios y puestos de honor de Mundiales y Europeos (una plata, en línea, y un bronce, en contrarreloj, en el Mundial sub-23; un bronce juvenil continental en el 25, cuarto y sexto mundial júnior en el 24 y el 25), pero nunca en lo más alto. Ni una medalla de oro, ni un maillot arcoiris, ni siquiera uno blanco con las estrellas europeas sobre cielo azul. Como si sintiera que solo podía dar el paso definitivo después de ganarse el derecho a llamarse campeón, ha esperado, ha aguantado en una categoría de edad a la que le falta definición, arrasada por la precocidad galopante, la epidemia de maduración temprana que afecta al ciclismo y a todos los deportes.. Ya lo es. Ya puede mirar a todos y decir, este soy yo. Ya puede despegar del casco la pegatina que le pegó con su efigie Mads Pedersen, el danés volador de su mismo equipo, el Lidl, que le prohibió arrancarla hasta que no levantara los brazos como ganador. En el Mundial no pudo, se le adelantó su coetáneo norteamericano Ashlin Barry; en Sencur, a las afueras de la capital eslovena, Liubliana, nadie se le acercó siquiera, y cuando se acercaba solo y campeón a la meta, en los últimos hectómetros, se señaló el cogote del casco, y el cámara desde la moto lo enfocó: un anuncio a Pedersen: gracias, pero este cromo va a volar de aquí. Y luego levantó los brazos y se fue a abrazar a su padre, el responsable de su equipo desde infantiles, y todos lloraron.. Ganó el Europeo en el durísimo circuito de Mozjanca, un recorrido al norte del aeropuerto de Liubliana como los que le gustan al local ausente Pogacar y que Héctor Álvarez interpretó como habría hecho el mejor ciclista del siglo, al ataque. Lanzó el suyo en la parte más dura, el falso llano violento que sucedía a las rampas más duras (de hasta el 15%) del repecho de dos kilómetros. Se fue y a sus espaldas, en su persecución, un pandemónium, un pelotón deshecho, unos intrépidos ciclistas. Quedan 33 kilómetros. Vuelta y media al circuito, un nuevo paso por el pueblito de Mozjanca en lo alto de la cuesta. En su segundo año en el equipo de desarrollo del Lidl, Héctor Álvarez ha corrido en algunas carreras de mayores y en otras de su categoría, clásicas y carreras del norte, de pavés y viento, sobre todo, y su pedalada de seda, germinada en el piñón fijo del velódromo con el técnico Jaume Barber. Y en ninguna ha aprendido tanto como lo hizo un lluvioso día de septiembre en Zúrich, 2024. Mundial júnior. Héctor Álvarez desafía a todos, a los elementos y a los rivales, a Finn, a Seixas, a Albert Withen, que se cae en el diluvio, a los mejores. El pelotón se rompe, se fragmenta, desaparece, y solo Finn resiste. Pero a 20 de la llegada, la luz se apaga para el alicantino, noche súbita, oscuridad de pájara. Error de cálculo de alimentación. Déficit de carbohidratos en unos tiempos en los que el pelotón ya empezaba a alimentarse a ritmo de 150 gramos a la hora. Seguramente esa noche de duermevela, dolor de piernas y de alma, Héctor Álvarez pudo jurarse como Scarlett O’Hara, nunca más volveré a pasar hambre. Aprendió a comer, pero no renunció a atacar.. Llegando al último paso por el promontorio esloveno que le consagrará, el junco de Alfàs, que nunca perderá la ingenuidad, calcula y toma una decisión. Le persiguen cuatro, dos belgas, un alemán y un polaco. Nunca ha tenido más de 40s de ventaja. No tiene sentido persistir ni tentar a solas a la pájara. Empieza a mirar atrás, pero no por miedo a quienes llegan, sino deseando que se acerquen. Cuando le alcanzan, coronando, Héctor se pone a rueda, toma aire, espera que llegue su momento, el falso llano, el lugar en el que su pedalada de rodador deja a todos clavados de nuevo. Once kilómetros, el Panini de Pedersen a punto de perder su pegamento sobre el casco rojo de uno que a los 19 años ha recorrido medio mundo, siempre en cabeza, y ya es campeón.. Unas horas antes, la campeona júnior del 25, Paula Ostiz, fue octava en la sub-23, a 24s de la ganadora, la suiza Mara Winter. En el mismo circuito de Liubliana, el sábado, los campeones mundiales júnior españoles, Alejandra Neira y benjamín Noval, parten como favoritos claros para ganar de nuevo. En la prueba absoluta será baja Paula Blasi, con costillas fracturadas en su caída hace una semana en el Mundial de Montreal.
