“El ajedrez iguala a todo el mundo”, suelen decir sus promotores, en referencia a que edad, sexo, raza, religión, fuerza física o solvencia económica importan poco o nada cuando dos personas se sientan frente a un tablero. Esa frase alcanza su esplendor cuando uno ve al uzbeko Abbas Eshmurátov, de 31 años, mudo y con casi todo el cuerpo paralizado: mientras una persona le sujeta la cabeza, otra interpreta los gestos de sus ojos para saber qué jugada quiere hacer. Durante las partidas, la sonrisa es muy frecuente en su rostro.. Seguir leyendo
“El ajedrez iguala a todo el mundo”, suelen decir sus promotores, en referencia a que edad, sexo, raza, religión, fuerza física o solvencia económica importan poco o nada cuando dos personas se sientan frente a un tablero. Esa frase alcanza su esplendor cuando uno ve al uzbeko Abbas Eshmurátov, de 31 años, mudo y con casi todo el cuerpo paralizado: mientras una persona le sujeta la cabeza, otra interpreta los gestos de sus ojos para saber qué jugada quiere hacer. Durante las partidas, la sonrisa es muy frecuente en su rostro.. Martes, 15 de septiembre; 5ª ronda de la Olimpiada de Ajedrez para personas con discapacidad en Samarcanda (Uzbekistán). Eshmurátov se enfrenta al turco Suleyman Saltik. Cada vez que este realiza su jugada, el uzbeko, muy concentrado, mira alternativamente al tablero y al techo. Si le toca mover a él es muy importante que la persona encargada de sujetarle la cabeza, de pie a su izquierda, esté absolutamente quieta, para no desconcentrarlo.. Cuando ya ha tomado su decisión mira a la derecha, donde está el otro asistente, quien comienza con el protocolo acordado: “Torre, caballo, alfil, dama, rey, peón”, va diciendo, con una pausa entre el nombre de cada pieza y la siguiente. Cuando pronuncia la que quiere mover Eshmurátov, este cierra los ojos; por ejemplo, la dama. Entonces, el asistente va pronunciando con la misma cadencia lenta las ocho columnas del tablero, de la a a la h; y luego hará lo mismo con las ocho filas, del 1 al 8, como en el juego de los barquitos. Terminado ese proceso, el asistente dice en voz alta la jugada completa: “Dama g4”. Si Eshmurátov vuelve a cerrar los ojos es una confirmación de que es correcta; y se hace en el tablero. Y así durante tres o cuatro horas.. El ajedrez, que practica desde 2015 y es algo importante en su vida, no es lo único que le gusta, según explica a través de su padre, Berdimurat (a duras penas, Abbas teclea en un móvil u otro dispositivo, y el padre, que tampoco habla inglés, traduce con la ayuda de Google); se confiesa admirador de Messi, Lamine Yamal y el Barça. Y dice que uno de los días más felices de su vida aconteció hace quince meses, cuando Uzbekistán fue el primer país del Asia Central de la historia que se clasificó para una Copa del Mundo de fútbol, tras ganar a Qatar por 3-0 en el partido decisivo.. Hay una idea que probablemente ha repetido mucho y es fundamental para él, a juzgar por la intensidad de su mirada cuando la transmite: “Tengo discapacidad y vivo en una silla de ruedas, pero puedo pensar y jugar al ajedrez como una persona sana”.. El caso de Eshmurátov recuerda mucho a otro, aún más extremo: el del ruso Alexánder Suvórov, a quien el autor de este reportaje entrevistó hace 38 años. Ciego, sordo y mudo, se comunicaba tecleando una especie de lenguaje Morse (dactilología) en el dorso de la mano de un asistente.. Para Suvórov, el ajedrez era “una herramienta esencial para establecer relaciones amistosas con los niños”, a quienes daba clases. A Eshmurátov, el deporte mental lo sitúa al mismo nivel potencial que cualquier otra persona. Si a su admirado Messi le cambiaran el cerebro, puede asegurarse que no jugaría igual de bien al fútbol. Pero si Eshmurátov tuviera un cuerpo totalmente sano, probablemente jugaría igual de bien al ajedrez.
