20MINUTOS.ES – Televisión
El carismático círculo de letras ya no está. Pasapalabra ha emprendido su vida sin El Rosco, pero la audiencia parece no echarlo demasiado de menos y se mantiene fiel a la cita con la prueba final. Que sigue disparando la cuota de pantalla cada tarde. Ayuda que hay un elemento característico que sigue intacto y que lleva a la memoria colectiva a la emoción de siempre. Se trata de la entonación de Roberto Leal. Nuestro cerebro asocia el compás vocal del presentador a la épica habitual del concurso. Aunque el juego sea distinto, la atmósfera se ha preservado.. También en la forma en la que se ha desarrollado el proceso de cambio. La nueva prueba final, AlaZ, podía haber causado una ola de comentarios críticos en redes sociales. Lo que hubiera despertado un estado de ánimo pesimista sobre el concurso. Sin embargo, la audiencia mayoritaria ha comprendido el vuelco. Porque Atresmedia ha controlado el relato desde el principio intentando hacer a público y prensa partícipe de un problema que, al final, han terminado convirtiendo en oportunidad.. En situaciones como estas, no hay que optar por el silencio del que brota la conspiración y se debe explicar con naturalidad los retos que asoman. Incluso las dudas. En este caso, la meta era blindar la esencia de un formato clave porque continúa reuniendo audiencias millonarias frente a la televisión. Por eso mismo, su colofón ha estado en la diana del rifirrafe de derechos de emisión.. Pero la televisión, como la vida, siempre es fruto de muchas circunstancias. Una prueba puede ser muy efectista visualmente, pero no engancha en el largo recorrido si no se crea un clima de implicación más complejo. Ahí está la clave real de la fórmula de Pasapalabra, que convierte cerebrines en personas de casa. Porque la dinámica permite conocer a los concursantes durante semanas y meses. Encima ellos, y la propia audiencia, comparten juego con «famosos» que aligeran un concurso cultural hasta transformarlo en una reunión espontánea de amigos.. Pero con la espontaneidad no basta. La trepidante prueba final pone la solemnidad de la competición para dar sentido narrativo a todo. Así el programa va siempre en crescendo hacia un bote millonario que nos pone a decidir qué concursante es nuestro favorito. Y queremos que gane, claro.. El cambio no ha oscurecido toda esa experiencia. Al contrario, el espectador ha comprendido qué ha pasado. La tira de letras es menos visual que El Rosco, sí. Pero se ha protegido el ambiente del show. Se ha introducido quirúrgicamente el nuevo elemento entendiendo todo lo que ha traído a Pasapalabra hasta aquí. Y, aquí, los famosos siguen jugando entre risas, los concursantes siguen diciendo ‘¡Pasapalabra!’ cuando no saben la palabra correcta y Roberto Leal sigue recitando significados con la misma energía.. En tiempos hiperestimulados de impactos audiovisuales efímeros, los vínculos se construyen en el tempo de la conversación. Imágenes hay muchas. Diálogos que se quedan en nuestra atención, pocos. Y Leal comunica desde una reconocible cercanía de interlocutor que sentimos aliado. Con solo escuchar ya percibes que están en un espacio seguro. Toda esta combinación de factores hace de Pasapalabra una tradición cotidiana que no falla, que no dura más de una hora, que nos acompaña a diario como ilusión infalible a las nueve de la noche. Aunque cambie a poquitos. Como nosotros mismos, que nunca, irremediablemente, dejamos de cambiar. Buena señal. Eso es que continuamos vivos. La tele, también.
El carismático círculo de letras ya no está. Pasapalabraha emprendido su vida sin El Rosco, pero la audiencia parece no echarlo demasiado de menos y se mantiene fiel a la cita con la prueba final. Que sigue disparando la cuota de pantalla cada tarde. Ayuda que hay un elemento característico que sigue intacto y que lleva a la memoria colectiva a la emoción de siempre. Se trata de la entonación de Roberto Leal. Nuestro cerebro asocia el compás vocal del presentador a la épica habitual del concurso. Aunque el juego sea distinto, la atmósfera se ha preservado.. También en la forma en la que se ha desarrollado el proceso de cambio. La nueva prueba final, AlaZ, podía haber causado una ola de comentarios críticos en redes sociales. Lo que hubiera despertado un estado de ánimo pesimista sobre el concurso. Sin embargo, la audiencia mayoritaria ha comprendido el vuelco. Porque Atresmedia ha controlado el relato desde el principio intentando hacer a público y prensa partícipe de un problema que, al final, han terminado convirtiendo en oportunidad.. En situaciones como estas, no hay que optar por el silencio del que brota la conspiración y se debe explicar con naturalidad los retos que asoman. Incluso las dudas. En este caso, la meta era blindar la esencia de un formato clave porque continúa reuniendo audiencias millonarias frente a la televisión. Por eso mismo, su colofón ha estado en la diana del rifirrafe de derechos de emisión.. Pero la televisión, como la vida, siempre es fruto de muchas circunstancias. Una prueba puede ser muy efectista visualmente, pero no engancha en el largo recorrido si no se crea un clima de implicación más complejo. Ahí está la clave real de la fórmula de Pasapalabra, que convierte cerebrines en personas de casa. Porque la dinámica permite conocer a los concursantes durante semanas y meses. Encima ellos, y la propia audiencia, comparten juego con «famosos» que aligeran un concurso cultural hasta transformarlo en una reunión espontánea de amigos.. Pero con la espontaneidad no basta. La trepidante prueba final pone la solemnidad de la competición para dar sentido narrativo a todo. Así el programa va siempre en crescendo hacia un bote millonario que nos pone a decidir qué concursante es nuestro favorito. Y queremos que gane, claro.. El cambio no ha oscurecido toda esa experiencia. Al contrario, el espectador ha comprendido qué ha pasado. La tira de letras es menos visual que El Rosco, sí. Pero se ha protegido el ambiente del show. Se ha introducido quirúrgicamente el nuevo elemento entendiendo todo lo que ha traído a Pasapalabra hasta aquí. Y, aquí, los famosos siguen jugando entre risas, los concursantes siguen diciendo ‘¡Pasapalabra!’ cuando no saben la palabra correcta y Roberto Leal sigue recitando significados con la misma energía.. En tiempos hiperestimulados de impactos audiovisuales efímeros, los vínculos se construyen en el tempo de la conversación. Imágenes hay muchas. Diálogos que se quedan en nuestra atención, pocos. Y Leal comunica desde una reconocible cercanía de interlocutor que sentimos aliado. Con solo escuchar ya percibes que están en un espacio seguro. Toda esta combinación de factores hace de Pasapalabra una tradición cotidiana que no falla, que no dura más de una hora, que nos acompaña a diario como ilusión infalible a las nueve de la noche. Aunque cambie a poquitos. Como nosotros mismos, que nunca, irremediablemente, dejamos de cambiar. Buena señal. Eso es que continuamos vivos. La tele, también.
