Pascal Soriot (París, Francia, 67 años) aprendió en el barrio y en el barro a pelear por los suyos. Las trifulcas eran habituales en la banlieue de París en la que creció, y hasta los 16 años se remangó en una buena parte de ellas. Lo ha contado una y otra vez en entrevistas. No es algo de lo que esté orgulloso, pero dice que a veces hay que defenderse y defender al grupo, una lección de la que ha echado mano al menos una vez en los 14 años que lleva al frente de AstraZeneca. Esta semana, un derechazo publicado en el Financial Times lo ha devuelto a los titulares. La farmacéutica británica, la segunda empresa con mayor valoración en Bolsa de Reino Unido, y la estadounidense Bristol Myers Squibb, según el medio, llevaban meses negociando una posible fusión.
La filtración cogió desprevenidos a los inversores, que el lunes arrastraron la compañía por el parqué. Sus acciones registraron una caída del 9% que borró de un plumazo alrededor de 20.000 millones de dólares de su valor. AstraZeneca mantuvo su política habitual de guardar silencio ante rumores, mientras crecía el murmullo en los mercados. Tres días después, una fuente “de alto nivel” desmintió, al menos en parte, la información: “Nunca hubo intención de cerrar un acuerdo y no hay conversaciones entre las empresas”, dijo a Reuters. De llevarse a cabo, la entidad resultante sería la cuarta más grande del mundo, con una valoración de unos 400.000 millones de dólares.
Las acciones subieron alrededor de un 6% ese mismo miércoles, pero los inversores aún se rascan la cabeza intentando buscarle sentido a un movimiento que no parecía tener mucha lógica estratégica. El propio consejero delegado había expresado la semana anterior, según Yahoo Finance, que no necesitaban fusiones ni adquisiciones para seguir creciendo.
Las madres siempre quieren lo mejor para sus hijos y la suya deseaba que los cuatro que tuvo fueran médicos. Lo consiguió con tres; Soriot emprendió un camino diferente. Fue el primogénito de un matrimonio formado por un recaudador de impuestos y un ama de casa, y creció entre los bloques colmena que medran en las afueras de las ciudades. “Fue una época difícil. Tenía que luchar por mí mismo, eso seguro. Pero tuve una infancia feliz, sin duda”, comentó a la revista económica sueca Affärsvärlden hace una década.
Apasionado por los caballos, estudió veterinaria en la Escuela Nacional de Veterinaria de Alfort, en Maisons-Alfort, una localidad cercana a su ciudad. Tras la muerte de su padre, ejerció durante tres años en el norte del país para apoyar económicamente a su familia. Pero los establos se le quedaban pequeños y estudió un máster en dirección de empresas en la Escuela de Estudios Superiores de Comercio de París. De allí saltó a la farmacéutica Roussel Uclaf, que le ofreció la oportunidad de trasladarse primero a Nueva Zelanda y luego a Australia. “Ni siquiera había salido de Francia”, escribió en un artículo publicado por la Universidad de Cambridge.
A Soriot las fusiones y las adquisiciones no le son ajenas. A lo largo de su carrera ha sido testigo de unas cuantas. En 1996, la farmacéutica alemana Hoechst compró Roussel, y él asumió la dirección general de la filial en Australia. Unos años más tarde llegó la fusión entre Hoechst y Rhône-Poulenc, que dio lugar a Aventis. En esta entidad fue vicepresidente y director de marketing global de operaciones en EE UU, puesto que ocupaba cuando vivió la compra de la compañía por parte de Sanofi. No fue la última. Ya en la suiza Roche, por la que fichó en 2010, estuvo en primera línea de la integración de Genentech, una biotecnológica californiana de la que fue director ejecutivo.
Cuando fichó por AstraZeneca en 2012, el laboratorio estaba en horas bajas. Desde el primer día asumió riesgos calculados y apostó sin timidez por la innovación y el desarrollo, especialmente en oncología. Sacó del cajón proyectos descartados que consideraba de valor, frenó los recortes y la recompra de acciones y puso la vista en EE UU y China. Los dos primeros meses los dedicó a escuchar: “Debí de haber organizado unas 200 mesas redondas”, dijo al Financial Times.
Tenía un plan claro, pero no todos en la empresa lo veían igual que él. Hasta que los unió un enemigo común. Pfizer lanzó una ofensiva para hacerse con la compañía, por la que llegó a ofrecer unos 110.000 millones de dólares. Era momento de volver al barro de su barrio en el norte de París y defenderse. Estaba convencido de que podrían generar más valor en solitario —no se equivocó—, encontró respaldo en sus filas y la estadounidense acabó retirándose.
Pasado lo peor de la pandemia, fue nombrado caballero británico por su papel en el desarrollo de la vacuna de la covid-19, no exenta de desafíos. La farmacéutica pagó un precio reputacional considerable por las restricciones de algunos países relacionadas con la posibilidad de coágulos y la imposibilidad de cumplir con los compromisos de entrega con la UE.
Descrito por un excompañero ejecutivo al Financial Times como inteligente y con un toque especial, Soriot es un hombre de ciencia que odia tener que recluirse en la oficina. Prefiere estar donde sucede la magia. Trabaja en modo “intensidad desenfadada” y procura no tomarse demasiado en serio a sí mismo. Nunca pensó que llegaría a ser consejero delegado y, seguramente, tampoco que llegaría a estar arrodillado frente a Carlos III con una espada en el hombro, algo que fue posible porque, además de francés, es australiano. Allí nacieron sus hijos y su nieto y allí, dijo hace diez años, se jubilará.
Aún quedan cuestiones de fondo sobre esta supuesta fusio interrupta que tal vez nunca tengan respuesta. Algunos analistas apuntaron a que la razón más lógica detrás de esa posibilidad, por no decir la única, era que AstraZeneca buscase afianzar su posición e influencia en Estados Unidos después de haber empezado a cotizar directamente en la bolsa de Nueva York el año pasado. La posibilidad de que la farmacéutica moviese activos y operaciones valiosas a Estados Unidos, o que incluso acabase trasladándose allí, ha debido de provocar dolores de cabeza en la City. Y probablemente en el Gobierno británico. Perder la segunda mayor compañía del país no debe de ser plato de buen gusto. Por ahora, aún no tienen que arrepentirse de haberle concedido uno de sus mayores honores, ese sir que ya acompaña el nombre de Soriot, a alguien nacido en suelo de su más querido enemigo.
Pascal Soriot (París, Francia, 67 años) aprendió en el barrio y en el barro a pelear por los suyos. Las trifulcas eran habituales en la banlieue de París en la que creció, y hasta los 16 años se remangó en una buena parte de ellas. Lo ha contado una y otra vez en entrevistas. No es algo de lo que esté orgulloso, pero dice que a veces hay que defenderse y defender al grupo, una lección de la que ha echado mano al menos una vez en los 14 años que lleva al frente de AstraZeneca. Esta semana, un derechazo publicado en el Financial Times lo ha devuelto a los titulares. La farmacéutica británica, la segunda empresa con mayor valoración en Bolsa de Reino Unido, y la estadounidense Bristol Myers Squibb, según el medio, llevaban meses negociando una posible fusión.. Seguir leyendo
