Azul y blanco no hacen gris, pero sí recrean a un Francisco Goya infantil, al menos bajo el pincel de Andrés García Ibáñez o la cámara de Kim Manresa, y al menos en Fuendetodos. En la cocina de la casa donde el genio aragonés nació —en la plaza Goya—, García Ibáñez matiza el color del lienzo con tonalidades y accede así a lo más esencial del primer Goya como, junto a él, ha hecho el fotógrafo Kim Manresa —y también hizo el pintor Antonio López—. Lo hacen también en el resto de la casa y en los alrededores, donde Goya experimentó sus primeras vivencias.. “Goya es un ser mitológico, un gigante. Aunque uno no crea en nada, todo el mundo necesita tener mitos”, afirma García Ibáñez mientras Manresa, cámara en mano, aprieta el disparador y sella el instante, la emoción inmortal. Ellos crean un puente retratando el espacio entre el Goya infantil en un viaje sensitivo temporal. Sobre el lienzo de García Ibáñez, en breves instantes aparecen la chimenea, el banco, la luz en la pared. La primera juventud de Goya se convierte en matiz claro. Estamos en la comarca del Campo de Belchite (Zaragoza), en la misma humilde casa —adobe, madera, piedra de alcobas minúsculas— donde Goya nació el 30 de marzo de 1746; también desde donde debió ir y venir hasta la iglesia de la Asunción (en la plaza de las Reliquias), donde el genio pintó sobre puertas de madera una de sus primeras obras. “Es conectar”, define García Ibáñez el viaje pictórico que hace aquí y ahora. Él tiene mucho en común con Goya, además de venir ambos de familias de artesanos.. Más información. Andrés García Ibáñez pinta la alcoba de la casa natal de Goya, en Fuendetodos, en la provincia de Zaragoza.Kim Manresa. El viajero logra la conexión al instante con el célebre pintor y grabador cuando, al abrir la puerta de su casa natal, se topa con muebles y objetos que le hacen viajar al siglo XVIII, y con el olor que invade la terraza de la Plaza de Goya o, cuando ya dentro del Mesón la Maja, saborea carnes a la brasa, potajes caseros, platos con morcilla, filetones, calamares, chuletillas, pimientos, costillares, tomate con aceite, jamón. Hasta no hace mucho, aquí incluso hubo un secadero de jamón Gómez. Goya usó la comida como expresión de su pasión por la vida, al menos al principio.. Una de las estancias de la casa natal de Goya en Fuendetodos (Zaragoza).Little valleys / Alamy / CORDON PRESS. “Él es inconmensurable, un genio, y se ve desde el principio. En los cuadros, cuando aún era muy joven, ves pinceladas diferentes y su genialidad”, explica García Ibáñez al pasar junto al Museo de Grabado (calle Zuloaga, 3), creado tras la subasta de obra de algunos pintores para traer a su pueblo natal grabados del maestro aragonés. La obra impresa de Goya, los grabados que comenzó como distracción para aprender la técnica de Velázquez, hoy se considera un diario íntimo.. Una de las salas del Museo de Grabado de Fuendetodos.Lucas Vallecillos ( Alamy / CORDON PRESS ). “Es bonito ver en lo que se está convirtiendo el pueblo gracias a Goya. También es un orgullo ser familia de Goya”, dice Javier Lucientes, descendiente de una hermana del pintor y destacado investigador contra las enfermedades vectoriales, quien, como la mayoría de los familiares del artista, vivió una infancia marcada por él. “Con Goya comparto el gusto por el campo. Trabajador, persistente, tenaz”, explica Lucientes. “Pero la genialidad para la pintura venía de su otra familia. Yo soy un zoquete”, añade con sorna autocrítica el científico, cuyo trabajo ha sido vital para prevenir posibles enfermedades fruto del calentamiento y la globalización.. El exterior de la casa natal del célebre pintor maño.Classic Image / Alamy / CORDON PRESS. En Fuendetodos, que se alza junto a una carretera serpenteante como un enracimado de casas de piedra, todo el mundo se siente parte del genio. “Es muy bonita y aquí se puede ver la primera obra de Goya y la pila bautismal donde fue bautizado”, invita María a la puerta de la iglesia parroquial. La mujer guía después a la pila de piedra, y más tarde hasta la reproducción de las pinturas sobre madera: La venida de la Virgen del Pilar a Zaragoza y la aparición a Santiago, La Virgen del Carmen con el niño y San Francisco de Paula.. Reconstrucción en madera impresa de las pinturas con las que Goya decoró un armario relicario en la iglesia de la Asunción de Fuendetodos.Fabian Simon ( Europa Press / Getty Images). “Goya desde el principio fue Goya. Tras los motivos ordinarios siempre está su genialidad”, apunta García Ibáñez mientras pinta ahora frente a la fuente que Goya debió disfrutar en sus visitas desde Zaragoza, donde creció también con sus colores. García Ibáñez y Antonio López hicieron regresar a Goya a Fuendetodos en 2025 en forma de una escultura de bronce, en el centro del pueblo.. Más allá de su pueblo natal. En Zaragoza —a 50 kilómetros de Fuendetodos—, llama la atención la inmensidad del cielo azul, rosado al atardecer, sobre el Museo de Goya, que reabre este viernes, 9 de octubre. A pocos metros, en la basílica del Pilar, la personalidad del maestro salta a la vista en cada pincelada de sus dos grandes frescos. Y el contraste de dos momentos de su vida. En 1772, recién llegado de su aprendizaje en Italia, crea La adoración del nombre de Dios. Nueve años después, pintaba Regina Martirum en un estilo de pinceladas hecho para mirarse con la distancia que no entendieron entonces. El artista y su obra fueron puestos en tela de juicio; el maestro abandonó antes de tiempo la decoración del templo.. No por casualidad Zaragoza es culto al sabor, que define en parte la obra goyesca. En torno a la basílica y la catedral hay restaurantes en cada esquina. Algunos, como Los Victorinos (José de la Hera, 6), ofrecen tapeo y son para siempre inolvidables.. Goya trabajó para llegar a lo más alto en Madrid. Y lo logró. “Era trabajador y tenaz, un maño”, lo define Javier Lucientes, su familiar. Madrid es un museo sobre Goya, su vida y obra; sus contradicciones y certezas. La Real Fábrica de Tapices, donde llegó; la basílica de San Francisco el Grande, cuya cúpula es obra del maestro; la Real Academia de San Fernando, que dirigió tras ser primero rechazado, donde hay más de diez obras suyas; el Museo del Prado, el de Lázaro Galdiano y la ermita de San Antonio de la Florida, donde el viajero atraviesa las distintas miradas de Goya y su evolución —y donde el genio está enterrado—.. Frescos de Goya en la cúpula y el ábside de la ermita de San Antonio de la Florida de Madrid.Hemis / Alamy / CORDON PRESS. El cielo de Madrid tiene efecto inmersivo sobre el cercano restaurante Casa Mingo (Pº de la Florida, 34), abierto en 1888, cuyas cubas y mesas de madera, junto a su comida sencilla —sidra, pollo asado, torreznos, croquetas, empanadas, ensaladas— son un viaje sensorial al Madrid de aquel tiempo. El retrato del Goya anciano, sentado con paleta y pincel en mano, y la obra Los fusilamientos decoran la fachada exterior para recordar que el genio trabajó muy cerca de allí, justo al lado. Y vivió.. “Goya siempre fue más allá. Es un genio. ¡Un monstruo de nuestra pintura!”, señala García Ibáñez. El genio cambió, evolucionó hasta lo incomprensible para ese momento. El viajero descubre cómo el azul de los cielos se tiñó de negro en su etapa más dura. Junto a lo que fue la finca y la casa en la que vivió antes de partir al exilio en Burdeos en el año 1824 en su última etapa de la capital, llamada la Quinta del Sordo, apenas queda nada más que una inscripción en pie de su vida allí, en la que se recuerda que aquí realizó las Pinturas negras. Tras vivir la guerra, sufrir la enfermedad y encerrarse en la sordera, Goya no es el mismo.. Los azulejos pintados en la pared exterior vinculados a La Quinta del Sordo en Madrid rinden homenaje al pintor Francisco de Goya y a la historia de su emblemática y desaparecida finca en la capital.PjrArt / Alamy / CORDON PRESS. Sus grabados en blanco y negro, en gris, son crítica. Goya, pintor de cámara de la corte, era el más crítico. Sus grabados denuncian, empujan a la reflexión. El viajero descubre su arte como herramienta de reflexión. Tras el Trienio Liberal, Fernando VII impuso el autoritarismo, restauró el absolutismo, trajo a los soldados franceses. Goya buscó refugio en Burdeos junto a intelectuales amigos. En 1827, un año antes de morir, pinta La lechera de Burdeos; sentada en una mula transportando un cántaro de leche, la joven está bajo un inconmensurable cielo con matices del azul de su infancia. Hoy se puede ver en el Museo del Prado. “Tenemos una historia que conviene conocer, él lo muestra en imágenes. Revisar la historia que se silenció en su tiempo es uno de sus legados al mundo de hoy”, afirma Javier Lucientes.. Elena G. Quevedo es doctora en Ciencias de la Información y autora de obras como El viaje de las mujeres (Ed. Luciérnaga), Voces Sabias (Ed. Paidós), la obra de teatro El olor del café y coguionista de películas como Invisibles.
Azul y blanco no hacen gris, pero sí recrean a un Francisco Goya infantil, al menos bajo el pincel de Andrés García Ibáñez o la cámara de Kim Manresa, y al menos en Fuendetodos. En la cocina de la casa donde el genio aragonés nació —en la plaza Goya—, García Ibáñez matiza el color del lienzo con tonalidades y accede así a lo más esencial del primer Goya como, junto a él, ha hecho el fotógrafo Kim Manresa —y también hizo el pintor Antonio López—. Lo hacen también en el resto de la casa y en los alrededores, donde Goya experimentó sus primeras vivencias.
