Yerma regresa al Teatro Español. Desde su estreno el 29 de diciembre de 1934 no había vuelto a la Plaza de Santa Ana, aquella santa a la que Dolores, personaje del drama de Lorca, aconseja dedicar una oración al mediodía para propiciar el anhelado embarazo. Ese es el corazón de este drama, su núcleo, el fruto que no acaba de llegar. Una tragedia sobre la mujer estéril, en una época y un país donde aquello suponía una anomalía demasiado evidente, alumbró una obra excepcional que alberga un sufrimiento femenino convertido en abismo.. «Una tragedia con cuatro personajes principales y coros, como han de ser las tragedias», declaraba Lorca meses antes del estreno, en lo que sería el segundo paso en su ‘trilogía dramática de la tierra española’, tras el éxito de Bodas de sangre. Lorca era un lector atento y conocía la historia del teatro desde Eurípides -algo hay de Las Bacantes en Yerma- a Pirandello, pasando por nuestro Siglo de Oro y el gran Shakespeare. En este caso, echó una mirada a la tragedia griega para establecer un coro que nos aproximara al sentir popular, a aquel mundo arcaico en que la andadura humana parecía trazada bajo la tutela del destino. Eduardo Vasco ha retomado como director aquellas palabras de Lorca y encumbrado al coro hasta otorgarle una presencia privilegiada.. «Los hombres tienen otra vida: los ganados, los árboles, las conversaciones; y las mujeres no tenemos más que esta de la cría y el cuidado de la cría», afirma Yerma. Vestida de blanco y con el cabello suelto, aparece en la primera escena entusiasmada, ajustando la indumentaria de su marido, vistiéndolo como al niño que reclama. Su vida parece no tener sentido, atrapada en una seca incertidumbre. Poco antes, previo al inicio de la obra, un traje de comunión, de marinerito, pende de una percha y es retirado de escena por un malcarado militar que cercena esa ilusión como un prólogo simbólico. El futuro truncado de Yerma y del propio Lorca.. Una gran tela clara marca el inicio de la obra y ofrece una luz que irá desvaneciéndose poco a poco. Lara Grube encarna a Yerma con tono acompasado al transcurrir de las escenas. Su interpretación es brillante, limpia, emocionante cuando toca, impetuosa en su dignidad herida. Las conversaciones se suceden con otras mujeres para ofrecernos los planos de su existencia y las etapas de la vida: su amiga María (Ana Veganzones), encinta a los cinco meses de casarse, le trae telas para preparar el ajuar del bebé; una Vieja (Yolanda Arestegui) conversa con Yerma desde la otra punta del escenario, desde el otro extremo de la vida, distanciadas nada menos que por catorce hijos, muchos de ellos ya muertos.. La música está presente desde una primera nota sostenida de violín que abre el drama, hasta un piano vertical, en un rincón, pero el rasgo más característico de esta función es el uso de un coro que alcanza entidad casi de polifonía. Nanas, romanzas, cantos de romería y escenas líricas, alejadas de flamenquerías, acompañan la acción con delicadeza desde el coro. Las melodías son del propio Eduardo Vasco, quien también es responsable del sutil ambiente sonoro recorrido por silbidos, campanillas y toques de pandero. El rumor de los llanos surge desde la penumbra.. La imposible libertad de la mujer, esa oscura frustración que aparece constantemente en la literatura de Lorca, la rebate Manuela San Leandro dando vida con frescura a una muchacha que para todos será La loca. Desde su desparpajo anuncia la triste realidad de «los que permanecen en sus casas haciendo lo que no les gusta», mientras ella reivindica la calle, el arroyo, las campanas y el anís.. En el arroyo se da cita el coro de lavanderas como inicio del segundo acto, cuando desciende el telar hasta formar un bello torrente de blancura. Destaca Silvia de Pé con una actuación breve pero intensa -lujo de participación- como integrante de esa gaceta de la murmuración. La tela suspendida y reposando sobre el escenario, quizás sea un homenaje a la escenografía de aquella versión de Víctor García en 1971, repuesta quince años más tarde, tan celebrada por su repercusión y valentía, con Nuria Espert a la cabeza.. De una vitalidad manchada por la insatisfacción, Yerma pasa al luto y la pesadumbre de un hogar tomado por dos oscuras cuñadas. Tres contra una, como atestiguan las tres sillas en el hogar. Han pasado los años, los cántaros se han teñido de negro y se destapa la tosquedad de un marido que parece más interesado en regar los campos que en hacer germinar la vida en su casa. Un ejemplar precioso de olivo se retuerce en el escenario, testimonio de la querencia del marido de Yerma, Juan, encarnado por Francisco Ortiz desde un físico rotundo de hombretón serio que, sin embargo, no hace temblar a Yerma más que por el temor infundido. Un rudo paisano en el que se ha acentuado la violencia, pretende mantener la honra intacta y a la mujer encerrada, anticipo de una Bernarda Alba que llegaría años más tarde.. Como contraposición a Juan surge Víctor. Él sí ha hecho temblar a Yerma al tomarla de la cintura, pero de la emoción, cuando aún eran zagales. Toni Agustí compone un dulce pastor que más parece un bucólico poeta, conduciendo con amor a su rebaño de acá para allá. Frente a la rudeza de Juan, ella encuentra en Víctor una ventana hacia otra vida, quizás a la libertad de los campos abiertos. Sentados en el proscenio, en silencio, miran al horizonte sin asomo de desacato, pero la espera llegará a su fin y una despedida sentida se escenifica con emoción.. A Yerma no le queda más que acudir a los conjuros de la señora Dolores (María Isasi), donde se desata el enfrentamiento radical del matrimonio en una escena de alto voltaje. Excepcional, Lara Grube en este tramo, dando muestra de la categoría de actriz que tenemos en los escenarios. En la romería a la ermita lucen las mujeres sus refajos bordados y blusas negras, un primor de alta costura donde se advierte la mano del modista Lorenzo Caprile. Poco después, en la escena final aparecen las máscaras y la cabeza de toro simbolizando al macho, con aire de ritual mítico aquí notablemente suavizado. Todo conduce fatalmente a la tragedia funesta, a una inmolación que anega toda posibilidad de descendencia.. Vasco ha puesto sobre las tablas la altura dramática de Lorca dejando que corra su poesía con verdad y llaneza, envuelta en las voces del campo, ¡y cómo resuenan en este Teatro Español! La profunda emoción del verso surge naturalmente, sin impostura ni sentimentalismo, desde la entraña misma de su fecunda raíz, para componer un teatro que, como decía el poeta, es «el más útil instrumento para la educación de un país, el barómetro de su grandeza y su desmayo».
Yerma regresa al Teatro Español. Desde su estreno el 29 de diciembre de 1934 no había vuelto a la Plaza de Santa Ana, aquella santa a la que Dolores, personaje del drama de Lorca, aconseja dedicar una oración al mediodía para propiciar el anhelado embarazo. Ese es el corazón de este drama, su núcleo, el fruto que no acaba de llegar. Una tragedia sobre la mujer estéril, en una época y un país donde aquello suponía una anomalía demasiado evidente, alumbró una obra excepcional que alberga un sufrimiento femenino convertido en abismo.. «Una tragedia con cuatro personajes principales y coros, como han de ser las tragedias», declaraba Lorca meses antes del estreno, en lo que sería el segundo paso en su ‘trilogía dramática de la tierra española’, tras el éxito de Bodas de sangre. Lorca era un lector atento y conocía la historia del teatro desde Eurípides -algo hay de Las Bacantes en Yerma- a Pirandello, pasando por nuestro Siglo de Oro y el gran Shakespeare. En este caso, echó una mirada a la tragedia griega para establecer un coro que nos aproximara al sentir popular, a aquel mundo arcaico en que la andadura humana parecía trazada bajo la tutela del destino. Eduardo Vasco ha retomado como director aquellas palabras de Lorca y encumbrado al coro hasta otorgarle una presencia privilegiada.. «Los hombres tienen otra vida: los ganados, los árboles, las conversaciones; y las mujeres no tenemos más que esta de la cría y el cuidado de la cría», afirma Yerma. Vestida de blanco y con el cabello suelto, aparece en la primera escena entusiasmada, ajustando la indumentaria de su marido, vistiéndolo como al niño que reclama. Su vida parece no tener sentido, atrapada en una seca incertidumbre. Poco antes, previo al inicio de la obra, un traje de comunión, de marinerito, pende de una percha y es retirado de escena por un malcarado militar que cercena esa ilusión como un prólogo simbólico. El futuro truncado de Yerma y del propio Lorca.. Una gran tela clara marca el inicio de la obra y ofrece una luz que irá desvaneciéndose poco a poco. Lara Grube encarna a Yerma con tono acompasado al transcurrir de las escenas. Su interpretación es brillante, limpia, emocionante cuando toca, impetuosa en su dignidad herida. Las conversaciones se suceden con otras mujeres para ofrecernos los planos de su existencia y las etapas de la vida: su amiga María (Ana Veganzones), encinta a los cinco meses de casarse, le trae telas para preparar el ajuar del bebé; una Vieja (Yolanda Arestegui) conversa con Yerma desde la otra punta del escenario, desde el otro extremo de la vida, distanciadas nada menos que por catorce hijos, muchos de ellos ya muertos.. La música está presente desde una primera nota sostenida de violín que abre el drama, hasta un piano vertical, en un rincón, pero el rasgo más característico de esta función es el uso de un coro que alcanza entidad casi de polifonía. Nanas, romanzas, cantos de romería y escenas líricas, alejadas de flamenquerías, acompañan la acción con delicadeza desde el coro. Las melodías son del propio Eduardo Vasco, quien también es responsable del sutil ambiente sonoro recorrido por silbidos, campanillas y toques de pandero. El rumor de los llanos surge desde la penumbra.. La imposible libertad de la mujer, esa oscura frustración que aparece constantemente en la literatura de Lorca, la rebate Manuela San Leandro dando vida con frescura a una muchacha que para todos será La loca. Desde su desparpajo anuncia la triste realidad de «los que permanecen en sus casas haciendo lo que no les gusta», mientras ella reivindica la calle, el arroyo, las campanas y el anís.. En el arroyo se da cita el coro de lavanderas como inicio del segundo acto, cuando desciende el telar hasta formar un bello torrente de blancura. Destaca Silvia de Pé con una actuación breve pero intensa -lujo de participación- como integrante de esa gaceta de la murmuración. La tela suspendida y reposando sobre el escenario, quizás sea un homenaje a la escenografía de aquella versión de Víctor García en 1971, repuesta quince años más tarde, tan celebrada por su repercusión y valentía, con Nuria Espert a la cabeza.. De una vitalidad manchada por la insatisfacción, Yerma pasa al luto y la pesadumbre de un hogar tomado por dos oscuras cuñadas. Tres contra una, como atestiguan las tres sillas en el hogar. Han pasado los años, los cántaros se han teñido de negro y se destapa la tosquedad de un marido que parece más interesado en regar los campos que en hacer germinar la vida en su casa. Un ejemplar precioso de olivo se retuerce en el escenario, testimonio de la querencia del marido de Yerma, Juan, encarnado por Francisco Ortiz desde un físico rotundo de hombretón serio que, sin embargo, no hace temblar a Yerma más que por el temor infundido. Un rudo paisano en el que se ha acentuado la violencia, pretende mantener la honra intacta y a la mujer encerrada, anticipo de una Bernarda Alba que llegaría años más tarde.. Como contraposición a Juan surge Víctor. Él sí ha hecho temblar a Yerma al tomarla de la cintura, pero de la emoción, cuando aún eran zagales. Toni Agustí compone un dulce pastor que más parece un bucólico poeta, conduciendo con amor a su rebaño de acá para allá. Frente a la rudeza de Juan, ella encuentra en Víctor una ventana hacia otra vida, quizás a la libertad de los campos abiertos. Sentados en el proscenio, en silencio, miran al horizonte sin asomo de desacato, pero la espera llegará a su fin y una despedida sentida se escenifica con emoción.. A Yerma no le queda más que acudir a los conjuros de la señora Dolores (María Isasi), donde se desata el enfrentamiento radical del matrimonio en una escena de alto voltaje. Excepcional, Lara Grube en este tramo, dando muestra de la categoría de actriz que tenemos en los escenarios. En la romería a la ermita lucen las mujeres sus refajos bordados y blusas negras, un primor de alta costura donde se advierte la mano del modista Lorenzo Caprile. Poco después, en la escena final aparecen las máscaras y la cabeza de toro simbolizando al macho, con aire de ritual mítico aquí notablemente suavizado. Todo conduce fatalmente a la tragedia funesta, a una inmolación que anega toda posibilidad de descendencia.. Vasco ha puesto sobre las tablas la altura dramática de Lorca dejando que corra su poesía con verdad y llaneza, envuelta en las voces del campo, ¡y cómo resuenan en este Teatro Español! La profunda emoción del verso surge naturalmente, sin impostura ni sentimentalismo, desde la entraña misma de su fecunda raíz, para componer un teatro que, como decía el poeta, es «el más útil instrumento para la educación de un país, el barómetro de su grandeza y su desmayo».
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