Los mercados de deuda soberana existen desde que la ciudad-Estado de Venecia emitió sus primeros bonos en 1171, pero la deuda pública no se hizo negociable en el mundo anglosajón hasta seis siglos más tarde. Los contemporáneos mantuvieron posturas enfrentadas sobre aquel avance. Alexander Hamilton lo consideraba una “bendición nacional”, mientras que otro padre fundador de EE UU, James Madison, veía en él una “maldición pública”. Varios de los principales miembros de la Ilustración escocesa se mostraron igual de sombríos. Con la deuda pública desbocada en todo el mundo desarrollado, sus temores resultan de lo más oportunos.
En su próximo libro, A Fabulous Debt: The Epic Story of How Bonds Built the Modern World (Una deuda fabulosa: la épica historia de cómo los bonos construyeron el mundo moderno), el periodista del Financial Times Robin Wigglesworth explica cómo la hegemonía geopolítica británica estuvo indisolublemente ligada a sus finanzas públicas y, en particular, a su capacidad para emitir ingentes cantidades de deuda barata. Thomas Mortimer, escritor financiero del siglo XVIII, describió el mercado de bonos del país como “el milagro permanente de la política, que a la vez asombra y sobrecoge a los Estados de Europa”.
No todos eran optimistas. En su ensayo de 1752 Del crédito público, el filósofo escocés David Hume se inquietaba por la nueva tendencia británica a “hipotecar las rentas públicas y confiar en que la posteridad pagará las cargas contraídas por nuestros antepasados”. El acceso al mercado de bonos, sostenía Hume, permitía a los políticos comportarse con extravagancia sin necesidad de subir los impuestos de inmediato: “La práctica de contraer deuda será, por tanto, casi infaliblemente objeto de abuso en cualquier gobierno”.
Adam Smith, el economista que escribió La riqueza de las naciones, afirmaba que la emisión de deuda pública a largo plazo “ha ido debilitando poco a poco a todos los Estados que la han adoptado… Una vez que las deudas nacionales se han acumulado hasta cierto punto, apenas existe, en mi opinión, un solo caso en que se hayan pagado limpia y completamente”. Otro contemporáneo escocés, Adam Ferguson, opinaba que una deuda pública permanente e improductiva debía “contarse entre las causas de la ruina nacional”.
Pese a todas las ventajas del endeudamiento público, Ferguson lo consideraba “extremadamente peligroso en manos de una Administración precipitada y ambiciosa, atenta solo a la ocasión presente e imaginando que un Estado es inagotable mientras pueda tomar prestado capital y pagar los intereses”. Sin embargo, en las décadas posteriores a aquellas advertencias, la deuda pública británica siguió creciendo. No llegó ninguna crisis, y la prosperidad del país avanzó al mismo paso.
En su Historia de Inglaterra (1848), Thomas Babington Macaulay se burló de los agoreros de la deuda. Macaulay celebró la “fabulosa deuda” británica como “el mayor prodigio que jamás haya desconcertado la sagacidad y confundido el orgullo de estadistas y filósofos. En cada etapa del crecimiento de esa deuda, hombres sabios afirmaron con toda seriedad que la bancarrota y la ruina eran inminentes. Y aun así la deuda siguió creciendo, y la bancarrota y la ruina siguieron tan lejanas como siempre”.
El error de los pesimistas, decía Macaulay, consistía en comparar la deuda de una nación con la de un particular. Como la mayor parte de la deuda pública británica estaba en manos de sus propios compatriotas, el país se endeudaba, en la práctica, consigo mismo. Además, olvidaban que el crecimiento económico volvía sostenible esa deuda: “Veían que la deuda crecía, y olvidaban que otras cosas crecían igual que la deuda… Sobrestimaron enormemente el peso de la carga; subestimaron enormemente la fuerza llamada a soportarla”.
Las condiciones que crearon un mercado de bonos estable en tiempos de Macaulay, sin embargo, se han evaporado. El crecimiento económico en buena parte del mundo desarrollado se ha frenado. El endeudamiento y el gasto excesivos de los gobiernos son en parte responsables. El gasto público inflado tiene la culpa del desplome del crecimiento de la productividad, según los economistas suecos Andreas Bergh y Magnus Henrekson. Hume esperaba que una deuda excesiva terminara en impuestos asfixiantes: “Si todos nuestros impuestos actuales están hipotecados, ¿no habremos de inventar otros nuevos? ¿Y no puede llevarse este asunto hasta un extremo ruinoso y destructivo?”.
Los niveles de deuda pública han subido sin tregua desde la crisis financiera global. El año pasado, la deuda pública mundial alcanzó el 94% del PIB, según el Fondo Monetario Internacional. La deuda federal de EE UU ronda el 114% del PIB, calcula Fitch Ratings. Los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff concluyeron que, cuando la deuda pública rebasa el umbral del 90%, el crecimiento económico se resiente. El hallazgo ha resultado polémico por los errores de datos del artículo original. Aun así, Hume habría estado de acuerdo: “Siempre hemos comprobado”, escribió, “que allí donde un gobierno ha hipotecado todas sus rentas, cae necesariamente en un estado de languidez, inactividad e impotencia”.
También advirtió de que los inversores extranjeros que poseen grandes porciones de la deuda de un país “convierten en cierto modo al conjunto de los ciudadanos en tributarios suyos”. Una parte sustancial de la deuda soberana emitida por Estados Unidos, Reino Unido y Francia está en manos foráneas. Un tercio de los 40 billones de dólares (unos 34,8 billones de euros) que Washington ha tomado prestados procede del exterior. Mientras que Reino Unido fue en el siglo XIX el primer acreedor del mundo, Estados Unidos es hoy su mayor deudor. El Banco de Pagos Internacionales señala que el aumento de las tensiones geopolíticas podría alterar los flujos de capital y poner en riesgo a los países con grandes déficits por cuenta corriente.
Tras el disparo de los tipos de interés hace cuatro años, los costes de financiación de los Estados se dispararon. Eso no era un problema en la Gran Bretaña de Macaulay, donde la deuda pública se financiaba en su mayoría con bonos perpetuos a interés fijo. La deuda pública estadounidense, en cambio, tiene un perfil de vencimientos relativamente corto, lo que la hace más sensible a los cambios en los tipos a corto plazo. El encarecimiento de los intereses sobre un enorme volumen de deuda tensiona inevitablemente las cuentas públicas. El historiador Niall Ferguson sostiene que el declive de una superpotencia se hace evidente cuando esta gasta más en pagar su deuda que en defensa. Estados Unidos cruzó ese umbral hace dos años.
Hume imaginó un día en que un gobierno sobrecargado dejaría de pagar los intereses de su deuda. Como hoy los gobiernos imprimen la moneda en la que está denominada su deuda —una opción que no existía en la Gran Bretaña del siglo XVIII—, el impago formal resulta innecesario. En su lugar, se puede estafar a los bonistas mediante la inflación, la represión financiera y la gestión de los tipos de interés a largo plazo. “La muerte natural del crédito público”, decía Hume, es inevitable cuando este queda “desbordado por una gran deuda”. El filósofo escocés erró estrepitosamente en el momento, pero sus principios siguen siendo válidos.
Los mercados de deuda soberana existen desde que la ciudad-Estado de Venecia emitió sus primeros bonos en 1171, pero la deuda pública no se hizo negociable en el mundo anglosajón hasta seis siglos más tarde. Los contemporáneos mantuvieron posturas enfrentadas sobre aquel avance. Alexander Hamilton lo consideraba una “bendición nacional”, mientras que otro padre fundador de EE UU, James Madison, veía en él una “maldición pública”. Varios de los principales miembros de la Ilustración escocesa se mostraron igual de sombríos. Con la deuda pública desbocada en todo el mundo desarrollado, sus temores resultan de lo más oportunos.. Seguir leyendo
