18 fotos. Lonely Planet. Paisajes repartidos por la geografía española que obligan a interrumpir el viaje, guardar silencio y contemplar. Algunos impresionan por su grandeza, otros por su color o por su singularidad, y todos comparten una misma virtud: su belleza. Ribeira Sacra (Galicia), viñedos al borde del abismo. Hay algo casi cinematográfico en los cañones del Sil cuando la niebla de la mañana se descuelga entre las laderas cubiertas de viñedos. La Ribeira Sacra —que se reparte entre el sur de la provincia de Lugo y el norte de la de Ourense— no presume de monumentos espectaculares ni de pueblos de postal perfectamente conservados. Su belleza está en la combinación de naturaleza y esfuerzo humano. Desde miradores como el de Cabezoás o el de Soutochao, las terrazas imposibles donde se cultiva la vid parecen colgar sobre el vacío. El mejor momento llega al atardecer, cuando las paredes de granito adquieren tonos dorados y el río se convierte en una cinta brillante. Carlos Castro (Europa Press / Getty Images)Albarracín (Teruel), la ciudad suspendida en el tiempo. Es uno de los pueblos españoles más fácilmente reconocibles desde lejos. Albarracín emerge sobre una curva del río Guadalaviar como una miniatura medieval tallada en piedra rojiza. Más que un pueblo bonito, este rincón turolense es una composición perfecta donde cada elemento parece colocado para el encuadre. Sus murallas recorren las colinas cercanas mientras las casas se superponen en un aparente equilibrio imposible. El secreto fotográfico está en alejarse del casco histórico y buscar perspectivas desde los senderos exteriores. Desde allí, especialmente durante las últimas horas del día, la tonalidad rosada de fachadas y murallas crea una atmósfera casi irreal. Marcos del Mazo (LightRocket / Getty Images)Parque nacional de Timanfaya (Lanzarote), el paisaje de otro planeta. Timanfaya es el resultado de las erupciones volcánicas que transformaron la isla canaria en el siglo XVIII, dejando un territorio donde predominan los negros, los ocres y los rojos. Las ondulaciones de lava recuerdan a un escenario extraterrestre. Aquí no hay bosques ni grandes montañas: solo materia volcánica modelada por el fuego y el viento. Las mejores imágenes suelen llegar cuando las nubes proyectan sombras móviles sobre el terreno. Entonces el parque adquiere profundidad y dramatismo. SannePhoto (Alamy / Cordon Press)Caló des Moro (Mallorca), una cala escondida entre acantilados. Esta isla balear posee playas mundialmente conocidas, pero pocas son tan fotogénicas como esta pequeña entrada de mar escondida en la costa suroriental. Caló des Moro aparece de repente tras un corto descenso entre pinares y roca clara. El resultado es una paleta de colores increíble: aguas turquesas, paredes calizas doradas y vegetación mediterránea aferrada a cada saliente. Desde las alturas, el contraste cromático puede parecer incluso tropical. El lugar se ha vuelto popular en los últimos años, pero incluso en los días más concurridos hay pocos rincones del Mediterráneo que luzcan una transparencia tan hipnótica.Wolfgang Jargstorff (Alamy / Cordon Press)Cudillero (Asturias), un anfiteatro frente al Cantábrico. La primera visión de Cudillero suele producir sorpresa. Las casas de colores se apilan sobre una ladera empinada formando una especie de anfiteatro orientado hacia el puerto. Desde los miradores superiores, especialmente el de La Garita, el conjunto adquiere una armonía difícil de encontrar en otras villas pesqueras españolas. Los tejados, las fachadas color pastel, los barcos y el mar crean una imagen de lo más fotogénica. Pero la magia de verdad aparece cuando la niebla atlántica envuelve el paisaje, convirtiendo Cudillero en una acuarela suspendida entre el cielo y el océano.Eloi_Omella (Getty Images)Valle de Ordesa (Huesca), la gran catedral de los Pirineos. Hay paisajes que impresionan por su escala y otros por su perfección. Ordesa reúne ambas cualidades. Las altas paredes calcáreas, los bosques de hayas y las cascadas forman uno de los escenarios montañosos más espectaculares de la Península. El sendero que conduce hacia la cascada de la Cola de Caballo (en la imagen) permite observar cómo el valle se despliega progresivamente y en otoño, cuando los colores se vuelven amarillos y rojizos, cada curva del camino ofrece una nueva fotografía. ADDICTIVE STOCK CREATIVES (Alamy / Cordon Press)Los lagos de Aigüestortes (Lleida), el reino del agua y el granito. Más de 200 lagos salpican el parque nacional pirenaico Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, uno de los rincones más bellos de Cataluña. El agua aparece por todas partes: en ‘estanys’ (pequeños lagos) de origen glaciar, riachuelos, cascadas y humedales que reflejan las montañas circundantes. Los tonos cambian continuamente según la luz y la estación. El lago de Sant Maurici es la imagen más conocida, dominado por las agujas rocosas de Els Encantats, pero la verdadera experiencia consiste en adentrarse por los senderos menos transitados. Allí se suceden espejos naturales donde el cielo parece duplicarse y las montañas se reflejan con una nitidez asombrosa.Jaime Franch Travel Photo (Alamy / Cordon Press)Las Médulas (León), la montaña convertida en escultura. Este paisaje tiene algo de inexplicable cuando se contempla por primera vez. Colinas rojizas, túneles, picos erosionados y bosques de castaños forman un escenario que parece obra de la naturaleza, aunque en realidad fue moldeado por la minería romana hace dos mil años. La combinación entre historia y geología genera una de las imágenes más singulares de España. Desde el mirador de Orellán se aprecia la magnitud del conjunto, especialmente durante el otoño, cuando el verde de los castaños contrasta con los tonos rojizos de la tierra. Richard Semik (Alamy / Cordon Press)Playa de Las Catedrales (Lugo), arquitectura esculpida por el mar. Cuando la marea baja, en la costa lucense aparece una de las grandes maravillas geológicas del norte peninsular. Arcos monumentales, pasadizos y bóvedas naturales emergen de la arena como si pertenecieran a una construcción fantástica. El nombre de playa de Las Catedrales no resulta exagerado: algunas formaciones alcanzan alturas que recuerdan a los pilares de un templo gótico. La luz cambia radicalmente la percepción del lugar. Con cielo despejado domina la espectacularidad; con niebla, en cambio, aparece una atmósfera misteriosa que acentúa el carácter casi sobrenatural de estas esculturas creadas por el Cantábrico. Se ha convertido en una imagen tan popular que en verano es obligado solicitar un permiso gratuito para contemplarla en la web https://ascatedrais.xunta.galCarol Yepes (Getty Images)Bardenas Reales (Navarra), el desierto inesperado. Sorpende encontrarse en el norte de España un paisaje semidesértico como este: todo un despliegue de barrancos, mesetas y cerros erosionados que recuerda a algunas regiones del Oeste americano. La formación más fotografiada, El Cabezo de Castildetierra, se ha convertido en un icono, pero la grandeza del lugar reside en sus enormes espacios abiertos. Al amanecer, cuando las sombras alargan los relieves y los colores adquieren un tono anaranjado, el territorio resulta espectacular. Es un paisaje austero, casi minimalista, que demuestra que la belleza no siempre necesita exuberancia.spark (Alamy / Cordon Press)Fragas do Eume (A Coruña), una selva atlántica escondida. Mientras buena parte de España asocia el bosque a pinares o encinares, las Fragas do Eume ofrecen una experiencia completamente diferente. Este parque natural conserva uno de los mejores ejemplos de bosque atlántico europeo. Helechos gigantes, musgos, robles y castaños crean una cubierta vegetal tan densa que la luz se filtra en haces verdes. Al seguir el curso del río Eume nos adentramos en un paisaje húmedo y silencioso donde cada rincón parece estar pensado para ser fotografiado. La presencia del monasterio de Caaveiro, emergiendo entre la vegetación, añade un punto de misterio que completa uno de los paisajes más evocadoras de Galicia.Iñigo Fdz de Pinedo (Getty Images)Monte Perdido desde el cañón de Añisclo (Huesca), el Pirineo más salvaje. Si Ordesa representa la cara más conocida del Pirineo aragonés, el cañón de Añisclo muestra su versión más indómita. El río Bellós ha excavado durante milenios un desfiladero espectacular entre paredes verticales cubiertas de bosque. La carretera panorámica y los senderos ofrecen miradores donde el paisaje parece desplegarse en capas infinitas de roca, vegetación y agua. En primavera, las cascadas rugen con fuerza; en otoño, el bosque estalla en tonos ocres. La naturaleza conserva en este rincón pirenaico una sensación de aislamiento poco frecuente en Europa occidental.Angel Villalba (GETTY IMAGES)Cabo de Gata (Almería), el Mediterráneo en estado puro. Lejos de la imagen turística de la costa mediterránea, Cabo de Gata ofrece un litoral áspero, volcánico y casi desértico. Acantilados negros, calas escondidas y montañas áridas se precipitan hacia un mar intensamente azul. Lugares como el Arrecife de las Sirenas (en la imagen) o la playa de los Genoveses han seducido durante décadas a fotógrafos y cineastas gracias a una luz excepcional. Al amanecer, cuando el sol emerge sobre el Mediterráneo y las tonalidades doradas invaden el paisaje, el parque natural demuestra por qué es uno de los espacios costeros más fotogénicos del país.Cabrera-photography (Alamy / Cordon Press)La Fageda d’en Jordà (Girona), un bosque de cuento. En pleno corazón de la comarca de la Garrotxa crece uno de los hayedos más singulares de Europa. La Fageda d’en Jordà se asienta sobre una antigua colada volcánica, creando un relieve ondulado que aporta profundidad y misterio al paisaje. Los troncos rectos y la luz filtrada entre las copas generan escenas que cambian constantemente a lo largo del día. Durante el otoño alcanza su máxima expresión visual, cuando amarillos, naranjas y cobres transforman el entorno en un escenario casi literario. Es uno de esos lugares que nos hace sentir como en el interior de un cuento.David Rocabert (GETTY IMAGES)Acantilados de Loiba (A Coruña), el banco con las mejores vistas. La fama del llamado “mejor banco del mundo” ha eclipsado a menudo el verdadero protagonista: un tramo de costa atlántica espectacular. Los acantilados de Loiba ofrecen una sucesión de praderas verdes suspendidas sobre el océano, golpeadas constantemente por el viento y las olas. Los atardeceres, con el sol hundiéndose en el Atlántico, convierten el paisaje en una de las estampas más fotogénicas del litoral español.Juana Mari Moya (Getty Images)Selva de Irati (Navarra), el océano verde de los Pirineos. Considerado uno de los hayedo-abetales mejor conservados de Europa, este inmenso manto forestal cubre montañas y valles del Pirineo navarro con una densidad casi hipnótica. Desde miradores como el de Zamariain o recorridos como el sendero de Errekaidorra, el paisaje parece extenderse sin límites en una sucesión de verdes durante la primavera y el verano. Pero es en otoño cuando alcanza su momento estelar: amarillos, cobres y rojos transforman el bosque en una gigantesca paleta de colores. Aquí no hay grandes monumentos ni panorámicas espectaculares; la belleza está en la textura del bosque, en la luz que se filtra entre las ramas y en el silencio que acompaña cada paso.Jose Manuel (Alamy / Cordon Press)Delta del Ebro (Tarragona), donde la tierra se encuentra con el cielo. Pocos paisajes españoles transmiten una sensación tan poderosa de amplitud. En el delta del Ebro el horizonte se diluye entre arrozales, lagunas y canales que reflejan constantemente la luz mediterránea. Es un territorio en permanente transformación, donde el agua y la tierra mantienen un delicado equilibrio. Durante la primavera, los campos inundados funcionan como enormes espejos que duplican las nubes y los atardeceres. Más tarde, cuando los arrozales se vuelven verdes y después dorados, el paisaje cambia de aspecto sin perder atractivo. Las largas playas vírgenes, como la del Trabucador, aportan una dimensión casi salvaje al conjunto. Eloi_Omella (GETTY IMAGES)Cofete (Fuerteventura), la última frontera. Hay arenales bonitos y los hay que parecen pertenecer a otro mundo. Cofete, en el extremo sur de la isla de Fuerteventura, es uno de ellos. Tras una carretera que atraviesa montañas áridas y deshabitadas, aparece una inmensa franja de arena de más de 10 kilómetros dominada por el océano Atlántico y respaldada por las abruptas cumbres de Jandía. El viento, las olas y la ausencia de construcciones contribuyen a una sensación de aislamiento difícil de encontrar en el continente. Desde el mirador de la Degollada de Agua Oveja se obtiene una de las vistas más impresionantes del archipiélago canario: una playa aparentemente infinita donde el desierto y el mar se encuentran sin transiciones. Marek Slusarczyk (Alamy / Cordon Press)Normas ›. Mis comentariosNormas. Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos. Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus.. Más información. Archivado En. Viajes. Lonely Planet. Turismo nacional. Turismo interior. Turismo playa. Ribeira Sacra. Galicia. Albarracín. Lanzarote. Mallorca. Cudillero. Huesca. Lleida. León. Lugo. Navarra. A Coruña. Cabo de Gata-Nijar. Girona. Tarragona. Fuerteventura. Si está interesado en licenciar este contenido, pinche aquí
