David Serrano lo ha vuelto a hacer: su versión del musical Querido Evan Hansen (Dear Evan Hansen) es la mejor adaptación de un musical en España en este 2026. En guion, en interpretación, en escenografía y en emoción que entra hasta el fondo de la reflexión. Porque es una obra que no se queda solo en la previsibilidad del entretenimiento. Y consigue retratar la sociedad de las redes sociales desde la mirada de la inseguridad de adolescente. Cuanto te percatas de que la vida es injusta. Cuanto te sientes el raro de la clase. Cuando te piensas invisible en un mundo de hypes, bellezas clónicas y algoritmos que irritan.. Con libreto de Steven Levenson y música y letras de Benj Pasek y Justin Paul (sí, los de La la land), el arco narrativo de este musical es exquisito. Enseña cómo pueden evolucionar las incomprensiones que surgen en los años en los que pegas el estirón a la edad adulta. Desde las necesidades de los hijos a las ilusiones de los padres, que no siempre saben cómo acompañar sin cortar alas y, al mismo tiempo, sin empujar al vacío. Más difícil aún en esta época sobreestimulada a golpe de móvil. La función, de hecho, se sumerge en la necesidad de validación viral que propicia crecer entre stories, likes y reels en los que terminamos sin saber muy bien qué somos y qué aparentamos ser para que nos quieran.. Un viaje que va de lo crudo a lo bonito, de lo sensible a lo travieso. Y de la soledad, claro, que es menos solitaria cuando encuentra esperanzas. Una catarsis a través de la interpretación de Guillermo Martín transformado en un sublime Evan Hansen (también Aleix Maria, cuando sustituye), junto con Verónica Ronda (Heidi), Lorena Calero (Cynthia), Armando Pita (Larry), Iván Clemente (Connor), Elvira Santa María (Zoe), Arnau Camps (Jared) y Jessica Garcés (Alana). El salto profesional de los elencos del género del teatro musical en España es estimulante. Lo demuestra esta producción, de himnos, sentimientos y dudas, que es un plan perfecto para compartir con hijos adolescentes. Para conocerse juntos. Para relativizar las perversiones del mundo online. Para, desde la magia del escenario del Teatro Rialto, encontrarnos con uno de los motores esenciales de la vida: aprender de lo que parece diferente.. Y el montaje de ATG lo consigue con una escenografía maestra, que lleva la firma de Pizarro Studio (David Pizarro y Rober de Arte). Hay pantallas de led, pero no lo parecen. Ahí está la diferencia de cuando se pervierte la esencia imaginativa del teatro para abaratar coste con solo proyecciones y cuando se incorpora la tecnología al servicio de la humanidad del show. Hasta poner a trabajar la capacidad de asombro del ojo de un espectador que se pregunta «cómo lo habrán hecho». Así, aquí, el poder de las pantallas se compagina con el atrezo clásico que crea universos tangibles. La fuerza de las pantallas se dosifica de menos a más. Las cartas se van descubriendo poco a poco. Y la atmósfera se va sembrando, de la intimidad a la explosión. Todo está coreografiado con la armonía de la orfebrería de la belleza teatral de siempre. Todo va guiando nuestra imaginación del fondo discreto, que sirve para apoyar lo que se cuenta en la obra -mostrándonos lo que observan los protagonistas en su propio móvil-, a la apoteosis de luz que te levanta el entusiasmo de la butaca.. Pero para sentirlo hay que ir al teatro. Estamos rodeados de musicales evasivos cortados por mismos patrones de éxito, este, en cambio, es una historia de principio a fin. Una historia sin fisuras. Una historia de las que te ponen a bailar las empatías. De las que te hacen un poco mejor desde el entretenimiento comprometido con su tiempo. Querido Evan Hansen es una experiencia imprescindible para comunicarnos que no es lo mismo que estar conectados.
David Serrano lo ha vuelto a hacer: su versión del musical Querido Evan Hansen (Dear Evan Hansen) es la mejor adaptación de un musical en España en este 2026. En guion, en interpretación, en escenografía y en emoción que entra hasta el fondo de la reflexión. Porque es una obra que no se queda solo en la previsibilidad del entretenimiento. Y consigue retratar la sociedad de las redes sociales desde la mirada de la inseguridad de adolescente. Cuanto te percatas de que la vida es injusta. Cuanto te sientes el raro de la clase. Cuando te piensas invisible en un mundo de hypes, bellezas clónicas y algoritmos que irritan.. Con libreto de Steven Levenson y música y letras de Benj Pasek y Justin Paul (sí, los de La la land), el arco narrativo de este musical es exquisito. Enseña cómo pueden evolucionar las incomprensiones que surgen en los años en los que pegas el estirón a la edad adulta. Desde las necesidades de los hijos a las ilusiones de los padres, que no siempre saben cómo acompañar sin cortar alas y, al mismo tiempo, sin empujar al vacío. Más difícil aún en esta época sobreestimulada a golpe de móvil. La función, de hecho, se sumerge en la necesidad de validación viral que propicia crecer entre stories, likes y reels en los que terminamos sin saber muy bien qué somos y qué aparentamos ser para que nos quieran.. Un viaje que va de lo crudo a lo bonito, de lo sensible a lo travieso. Y de la soledad, claro, que es menos solitaria cuando encuentra esperanzas. Una catarsis a través de la interpretación de Guillermo Martín transformado en un sublime Evan Hansen (también Aleix Maria, cuando sustituye), junto con Verónica Ronda (Heidi), Lorena Calero (Cynthia), Armando Pita (Larry), Iván Clemente (Connor), Elvira Santa María (Zoe), Arnau Camps (Jared) y Jessica Garcés (Alana). El salto profesional de los elencos del género del teatro musical en España es estimulante. Lo demuestra esta producción, de himnos, sentimientos y dudas, que es un plan perfecto para compartir con hijos adolescentes. Para conocerse juntos. Para relativizar las perversiones del mundo online. Para, desde la magia del escenario del Teatro Rialto, encontrarnos con uno de los motores esenciales de la vida: aprender de lo que parece diferente.. Y el montaje de ATG lo consigue con una escenografía maestra, que lleva la firma de Pizarro Studio (David Pizarro y Rober de Arte). Hay pantallas de led, pero no lo parecen. Ahí está la diferencia de cuando se pervierte la esencia imaginativa del teatro para abaratar coste con solo proyecciones y cuando se incorpora la tecnología al servicio de la humanidad del show. Hasta poner a trabajar la capacidad de asombro del ojo de un espectador que se pregunta «cómo lo habrán hecho». Así, aquí, el poder de las pantallas se compagina con el atrezo clásico que crea universos tangibles. La fuerza de las pantallas se dosifica de menos a más. Las cartas se van descubriendo poco a poco. Y la atmósfera se va sembrando, de la intimidad a la explosión. Todo está coreografiado con la armonía de la orfebrería de la belleza teatral de siempre. Todo va guiando nuestra imaginación del fondo discreto, que sirve para apoyar lo que se cuenta en la obra -mostrándonos lo que observan los protagonistas en su propio móvil-, a la apoteosis de luz que te levanta el entusiasmo de la butaca.. Pero para sentirlo hay que ir al teatro. Estamos rodeados de musicales evasivos cortados por mismos patrones de éxito, este, en cambio, es una historia de principio a fin. Una historia sin fisuras. Una historia de las que te ponen a bailar las empatías. De las que te hacen un poco mejor desde el entretenimiento comprometido con su tiempo.Querido Evan Hansen es una experiencia imprescindible para comunicarnos que no es lo mismo que estar conectados.
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